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ENIGMAS Y AVATARES DEL POEMA "GERMANIA"... Por ARAMÍS QUINTERO

ARAMÍS QUINTERO (1948). Escritor cubano. "Enigmas y avatares del poema Germania" nos lo envió el autor especialmente para esta Antología.

ENIGMAS Y AVATARES DEL POEMA "GERMANIA"
 

El célebre poema "Germania" —que trata, como se sabe, acerca de los héroes y dioses de los primitivos pobladores de Filipinas— ha sido siempre uno de los mayores enigmas que han enfrentado los críticos y estudiosos de la poesía. Durante mucho tiempo, el misterio mayor que presentaba el poema derivaba de que no había sido descubierto ni se sabía nada de él. Esto obligaba a los críticos a ser muy cautelosos, y por lo general se obviaba mencionarlo. Hasta que aparecieron dos copias.
    Una de ellas se halló entre los papeles que atesoraba un viejo y docto bibliotecario austriaco, que al morir se hallaba ya retirado en su propiedad de las afueras de Viena, dedicado al cultivo y la venta de legumbres, según la estación. Muerto el hombre, la copia fue hallada por una sirvienta. Por suerte, había sido cuidadosamente depositada en el cesto de los papeles del inodoro. La sirvienta, mujer honrada y humilde pero de escasas luces, no supo discernir en aquel conjunto de papeles, ciertamente ominosos, y botó el cesto con la copia de “Germania”; un buen restaurador hubiera podido limpiarla, desarrugarla y aplicarle alguna sustancia desodorante, salvándola así para el mundo literario.
    La otra copia tuvo mejor fortuna. Fue descubierta veinte años antes en Amsterdam, y su escritura es hoy perfectamente legible, aunque no ha perdido el olor característico de los papeles echados al cesto del inodoro.
    Hay otro misterio en torno a “Germania”, y es el de su autor. Es muy poco lo que se sabe de él, debido a que, en opinión de muchos críticos, el poema es anónimo. No obstante, hay quien sostiene que en un principio tuvo autor, y que el mismo fue un poeta prusiano cuyo estilo corresponde al siglo VIII. Pero su influencia en la Prusia de la época es muy relativa, a causa de que su vida transcurrió en Siracusa durante el siglo XVII, según se desprende de los datos aportados por cierta profesora que realizó un brillante estudio de “Germania”, en el cual demuestra que el poema no es anónimo sino del referido autor prusiano, aunque este se limitó a copiar el texto íntegro de una antigua saga filipina de autor desconocido. El manuscrito de Amsterdam había sido hallado por la profesora, al parecer en una etapa difícil de su vida, cuando revolvía en el basurero de la ciudad.
    Como quiera que sea, el poema “Germania” hubiera pasado inadvertido para la crítica de no ser porque esta profesora casi ignorada llamó la atención, primero sobre la absoluta falta de méritos literarios del texto, y segundo, sobre el hecho de que “Germania” no es exactamente un poema sino un tratado de Geografía, al cual se ha seguido incluyendo entre las obras literarias, bien por la fuerza de la costumbre, bien por empeño de los geógrafos.
    La mencionada profesora puso en claro que los héroes y dioses que integran la enrevesada trama de “Germania” no son más que alegorías de los ríos, montañas y demás accidentes geográficos que los primitivos pobladores de Filipinas evocaban, de su tierra de origen, antes de su emigración y posterior establecimiento en las islas. Los rasgos de los personajes del poema y la forma en que los mismos se conducen, es decir lo que hacen esos ríos y mares, meandros, ensenadas, llanuras y montañas y volcanes, etc., constituyen un maremagnum de tales proporciones que no se sabe qué geografía es esa, aunque da idea de por qué huyeron esas pobres gentes que fueron a parar a Filipinas. No fue sino en la exégesis de dicho texto que la profesora en cuestión acuñó términos tan difundidos hoy en el lenguaje de la crítica como "frangollo" y "batiburillo".
    Todo lo que sabemos del poema se debe pues a esta oscura exégeta. Claro que no podemos desentrañar la trama de “Germania” en un espacio como este —ni en ninguno—, pero vamos en cambio a referirnos a la insólita investigadora que acometió la empresa, y que merece de nosotros eterna gratitud y estupefacción.
    Esta profesora era natural de Burundi. María Caridad Baró, llamada Cachita Baró —“la Dámaso Alonso” de “Germania”—, luego de sus días malos en Amsterdam logró hacerse Catedrática Tisular de Urdimbre y Cestería Germánicas en el célebre Instituto Hofmansthal (de un tal Hofmann), en la Baja Renania, del cual salieron varias generaciones de renanos cuyo desarrollo fue estorbado por la época: Prusia, con mano de hierro, imponía su color preferido a los uniformes del Instituto: el llamado “naranja prusia”, con rayas negras horizontales.
    Dicho uniforme fue modificado luego por Bismarck —quien estableció las rayas negras oblicuas— y, cuarenta años más tarde, por el Kayser Guillermo II, el cual impuso las rayas negras verticales, allanando así el camino a Hitler, que treinta años después dejó a los uniformes las rayas verticales pero cambió el naranja prusia por el gris ceniciento.  Entonces, pretextando que ese y no otro era el traje de sus campos de concentración, le quitó el uniforme al Instituto, dejando a los renanos desnudos, lo cual sirvió para acusarlos de inmorales y enviarlos a los funestos campos, donde recuperaron sus uniformes pero perdieron a su profesora Cachita Baró.
    La catedrática vio venir estos hechos y escapó a Suiza, atravesando la frontera por la parte más blanda, y no se detuvo hasta Sicilia, con un importante cargamento de urdimbre y cestería germánicas disimulado bajo la blusa. Cachita logró vender su precioso cargamento a los pescadores sicilianos, contribuyendo sin darse cuenta a la germanización de la isla, lo cual facilitó a Mussolini su alianza con Hitler.  Esto último hizo pensar a la Baró que debía ocultar su identidad. Se hizo pasar entonces por una humilde profesora de urdimbre y cestería napolitanas, natural de las islas Galápagos y graduada de la Universidad de Norrsundet, Suecia.
    Los sicilianos apechugaron con esa versión, pero los de Nápoles dijeron que su olfato percibía algo raro, y fueron para allá a investigar. Por fortuna, Cachita se enteró a tiempo y huyó cruzando a nado el Mediterráneo, en el cual los guardacostas de Mussolini la buscaron inútilmente gracias a que ella tenía puesta la trusa naranja prusia con rayas negras horizontales, del antiguo Instituto Hofmannsthal, y los marinos desde luego la tomaron por un delfín de exportación.
    La Baró pudo así llegar a Marruecos con un importante cargamento de urdimbre y cestería germánicas disimulado bajo la trusa, y estaba tratando de sacárselo cuando, de una de las cestas, cayó el manuscrito de “Germania”; Cachita confiaba en haberlo dejado en Renania, pero los azares de la guerra, o algún colega del Hofmannsthal, se lo metieron en la cesta.
    La Baró, un tanto supersticiosa, tomó esto como una fuerza del destino; se entregó por lo tanto al minucioso examen del poema, tras lo cual publicó sus conclusiones y, hecho esto, acabó de sacarse de la trusa su cargamento de urdimbre y cestería germánicas. Luego se estableció en Marruecos para dedicarse a lo mismo.
    Más tarde, enviciada ya con este tipo de exégesis, la Dra. Baró trató de demostrar que el Ramayana también es un tratado de Geografía. Llegó a publicar algunos avances de dicho trabajo, y en ello estaba cuando la muerte la sorprendió. La sorprendieron, según parece, puesto que fue una muerte violenta. Aunque la Baró no tenía enemigos personales, se especula que su trabajo con el poema “Germania”, y luego con el Ramayana, sí los tenía. Llegaron a barajarse, como sospechosos, los nombres de varios escritores hindúes residentes en Marruecos, los de varios profesores y críticos literarios marroquíes, los de varios europeos especializados en el Ramayana, y los de todos los estudiantes universitarios de religión hinduista y los de origen filipino que se hallaban de paso por el norte de Africa y la costa occidental del Mediterráneo. La pereza y la abulia policiales, por un lado, y el número de sospechosos por otra, influyeron en que el caso fuese archivado. No obstante, diversas instituciones homenajearon a cientos de presuntos asesinos, muchos de los cuales, obviamente, eran falsos.