Yo me adelantaba, y ella me seguía... Ella entonces corría, y yo la alcanzaba...
Sí, a nosotros nos gustaba dar largos paseos, ya tarde en la noche, por las calles desiertas y mal alumbradas. Y jugábamos, como niños traviesos, a romper el silencio, a cruzar esas calles, de acera a acera, en zig zag, o a desafiar la mala suerte asustando a un gato negro. A veces, llegábamos a un parque y mirábamos al fondo de la fuente pidiendo apasionadamente un deseo: "estar siempre unidos". Sin embargo, otras noches preferíamos quedarnos solos, uno al lado del otro, en el portal de ella, contemplando el cielo. Y cuando veíamos una estrella fugaz, rápidamente pedíamos nuestro único deseo: "estar siempre unidos". Después, comenzamos a vernos por las mañanas y por las tardes. Hasta que fuimos novios a tiempo completo…
Entonces me decidí. Le pedí algo a ella. Fui rechazado. Insistí. Insistí tanto que ella, al fin, cedió.
Fue en ese momento que nos dimos cuenta: ¡Se nos había cumplido el deseo! ¡Estábamos unidos para siempre...!
Bueno, no para siempre, aunque para nosotros fue una eternidad. Tratamos de aislarnos porque todos nos señalaban; unos niños nos tiraban piedras; una madre le prohibió a su hija que mirara. Pero lo peor fue el hombre que nos echó agua con una manguera...
Hasta que pudimos separarnos, cada uno por su lado, empapados y con las orejotas caídas...
Como ven, desde ese día ya voy preparado cada vez que salgo con ella.
Foto: Francisco Puñal Suárez
TEXTO: 
Comentarios
Enviar un comentario nuevo