A mi amigo-hermano Pepe:
“El tiempo que pasa uno riendo es tiempo que pasa con los Dioses”. (Proverbio Japonés).
Nos encontrábamos en la esquina de Dos de Mayo y Salamanca, en la ciudad de Matanzas y nos echábamos una mirada sin palabras. Había que ahorrar fuerzas para subir la enorme loma que nos llevaba al cine “Lincoln”, y aunque la vagancia nos mataba no nos detenía.
Sabíamos que al llegar y sentarnos frente a la pantalla se abría un mundo de incomparable placer que nos enseñó dos cosas: a reírnos de todo y a entender la vida como un eterno espectáculo de humor. Aprendimos a reír por dentro.
Matanzas más que una ciudad, era un bostezo sobre un trazado de calles. No había mucho qué hacer. Eran tiempos donde la vida era una monserga política desde que abrías los ojos en la mañana, hasta que lo cerrabas en la noche. Nosotros nos escapábamos a otra realidad a través de aquellas películas maravillosas. Yo pienso que nosotros fuimos de los primeros balseros, una especie de balseros internos, que nos refugiábamos en el cine para huir de un discurso social y político en el que no creíamos. Pero terminamos descubriendo una verdad: EL ALMA DE LA VIDA ES EL HUMOR. Y esa visión cambiaria nuestras vidas para siempre.
Y así, de aquel placer nació una pasión que se convirtió en necesidad esencial. Habíamos encontrado la forma de cómo queríamos vivir y sentirnos bien con nosotros mismos. Habíamos encontrado un lenguaje para hablarle al mundo y que el mundo nos hablase a nosotros.
Y allí, recostando la cabeza contra el respaldar de nuestros asientos, dejando una butaca por el medio (necesidad machista imperiosa de abrir las piernas y garantizar el reino testicular), nos metíamos en aquel mundo del humor. De ese humor rico que se descuelga espontáneo de la vida; que se destila suavemente de la simple interacción del ser humano con su realidad y que cohabita con la tragedia. Nos sentíamos parte de aquel festín de imaginación y experimentábamos aquella oportunidad de penetrar en el mundo fantástico de la comedia, que te enseña a ver la vida de otra manera.
Hugo Tognazzi, Nino Manfredi, Victorio Gassman, Mónica Vitti, Marcelo Mastroinianni, Charles Chaplin, Pier Etaix, Luis de Funes, entre otros, nos enseñaron el humor.
Maestros en poner en ridículo la falsa seriedad en que la sociedad humana ha decidido vivir. Ellos asumieron en sus personajes las ridículas poses humanas para, a través de la sátira o el humor, ponerlas al desnudo y mostrar el mundo oculto que todos llevamos dentro. Entrábamos al interior del ser humano por la puerta del humor.
Entonces nos afiliamos al humor como a una sociedad secreta, nos aprendimos sus códigos y su lenguaje y también aprendimos que es un arma demoledora. Con el humor no se juega.
Y así, Alberto Sordi, en “Il Mafioso” nos paseaba de la tragedia a la comedia en un abrir y cerrar de ojos, como alguien escribió una vez. Y Gian Carlo Gianini nos hizo ver la tremenda pequeñez que esconde la arrogancia en su inolvidable personaje de “Pascualino Siete Bellezas”.
Salíamos callados y satisfechos del cine, como quien sale de un restaurante cinco estrellas. Pero era una satisfacción espiritual. No había mucho más que decir. La diversión continuaba por dentro y cada cosa que nos daba la vida la tratábamos de ver a través del cristal del humor.
Un día creamos el Cine-Club de Matanzas. Todo lo que queríamos era disfrutar de “Filmes Inmortales” que no se exhibían en los cines regulares. En aquellos tiempos la amenaza de que nuestros cines de barrios, acostumbrados a Cantiflas o a Sarita Montiel, se vieran expuestos a la filmografía Soviética o China era un peligro real. Películas como “Arroz para el Octavo Ejercito”, “Los tanques avanzan en rombo”, o “Pan duro y negro” tenían la potencialidad de causar un daño cerebral permanente. Sólo algunas buenas comedias cubanas salvaban la situación momentáneamente. La censura oficial nos privaba de muchas deliciosas muestras de humorismo. No fue hasta años después que pude disfrutar del maravilloso mundo del “Zip Comedy”.
El humor nos enseñó a divertirnos. Nuestra pequeña vida pueblerina se nutría de una galería de “increíbles personajes folklóricos” que eran parte de una enorme estimulación psicológica para la diversión. Unos reales y otros ficticios creaban “El Circo de la Vida Real” en el que todos vivíamos. Era nuestra comedia. El humor en el que creíamos materializado de una vez. Cada uno de ellos representaba algo, hacía algo o aportaba alguna cosa a ese “Circo Gigante” (nosotros incluidos) y entonces la vida se tornaba más placentera. Agustincito Apagón, Hilarito El Bonco, Justico Mora, El Americano, Avioneta, Goyo la chiva, Piro Potaje, Agustín “pa la caña”, o en otra categoría, Joaquín Blanco, Andrés el marinero, Japón el mulato, Yuli Perchero, Mira Cielo, Luisito “El Loco”,“ El Látigo Negro”, y otros muchos, eran parte legítima de un universo de humor cotidiano. Esos personajes peculiares y estrambóticos nos ofrecían, sin saberlo, el oasis que necesitábamos.
Y así crecimos y nos hermanamos en el espíritu del humor. En su búsqueda detrás de todas las cosas cotidianas y aparentemente irrelevantes de la vida. Nos sentábamos en el “Parque de la Libertad”, o en la casa de los “tíos” a “dispararnos“ chistes. Recuerdo los libros de Enrique Jardiel Poncela, un viejo disco de Gila, en medio de una deliciosa y a la vez iluminadora lectura de la “La Rebelión en la Granja”.
Y un día la vida, por puro destino personal, nos separó. Pepe llenó su sueño y llegó a materializar todo ese “aprendizaje”, fundando junto con Aramís y dirigiendo “La Seña del Humor”, el mejor grupo de humor que haya existido nunca en Cuba. Yo, por mi parte, me limité a usar el humor como un instrumento en mis terapias, o en las clases que impartía en el “College”.
Hace unos años nos reencontramos. Cada uno ha construido un mundo diferente, pero hemos podido recuperar algo del tiempo perdido. Y así será. Juntos caminaremos otra vez por el mundo del humor, rejuvenecidos a pesar de la edad.
¡Peligro, hombres trabajando!
Manolo de la Portilla
Comentarios
¡Oye...!
No quiero que esto huela a cebolla, a mariconería, o a mutuos halagos hipócritas, con la esperanza que te lo devuelvan mejor.
En fin, que no te entiendo, Rubén, porque desde que te conozco fuiste humorista, fuiste poeta, y fuiste jorocón de jorocones como compositor. ¿De qué te quejas? Obvio que has hecho cosas "malas", como no ponerle acentos a tu comentario anterior, pero eso lo hemos hecho todos. Y, como dices, tienes tu blog. Pero también tienes tu repertorio y tienes a tu mujer y a tu hijo, tienes a tus hermanos, tienes el recuerdo de dos carreras exitosas con La Edad de Oro y La Seña. Y para mal de males, me tienes a mí, entre muchos amigos más que te quieren.
¡A llorar al parque de La Libertad, compadre!
... o conmigo, como siempre.
P.P.
Excelente carta ... excelente
Excelente carta ... excelente comentari tambien. Emotivos ambos en sentidos distintos.
Yo igual soy de esa generacion y con inquietudes semejantes ... y con nostalgias iguales. A veces siento que no tome el rumbo adecuado en la vida y deje a un lado obligado por las circunstancias y el poco valor propio a esos alientos intelectuales que nos dabamos en el frenesi adrenalinico de la juventud. A lo mejor debi ser un humorista ... el destino que me labre (o me labraron, sabe Dios !!) es mas comodo pero menos satisfactorio intelectualmente. Pero bueno ... algo de aliento le doy con mi blog.
Y ya basta de muela nostalgica. Sigo aqui, visitando donde vale la pena.
Todo es tal y como lo cuentas.
Sacudiste el polvo de mi memoria y reí al volver a ver a esos inofensivos locos lindos que le daban un toque de realismo mágico a nuestra ciudad. Disfruté acordarme de aquellas sesiones de terapia de chistes que compartíamos con Samaniego, Pocholi, y decenas de jodedores más. Gocé de nuevo al pasar por mi mente la Comedia Italiana de los años 60 y 70. Y fui más allá y de un rincón de mis recuerdos saqué las imágenes de nosotros, con nuestro humor, haciendo añicos los egos provincianos de aquellos divos con pies de barro, sentados en el Parque de la Libertad. Y después los momentos de supuesta tensión cuando se daban cuenta de que fueron nuestras víctimas. Mejor no dar nombres. Pero como decía Gogol: “Es más importante burlarse de un alma torcida y no de una nariz torcida” y eso es lo que hacíamos.
Querido Manolo, quiero recordar el famoso retruécano: “no son todos los que están… y no están todos los que son”. Con eso te digo que tú, por tu sentido del humor, por tu creatividad artística (has hecho humor gráfico, has escrito y has actuado en comedias) y por estudiar la teoría del humor, hubieras sido un pilar en La Seña. Por ese fatalismo con “F” mayúscula que ha separado a todo el país, no cabalgaste como un Quijote más junto a Aramís, Moisés y yo al fundar el grupo. Pero sabemos que en la vida no hay mucha justicia que digamos: “Dios le da barba al que no tiene quijada… y el de la barba, endiosado, no tiene Quijote” (disculpa este infeliz retruécano que se me acaba de ocurrir).
Gracias, hermano, por existir y por ser mi amigo.
Umor y Hamor es lo que siento por ti.
P.P:
Enviar un comentario nuevo