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ALGUNAS PUNTUALIZACIONES SOBRE EL HUMOR EN CUBA DURANTE LOS AÑOS 80, A TRAVÉS DE LA HISTORIA DEL GRUPO LA SEÑA (VI PARTE).

Muchas preguntas sobre el tema me han hecho durante todo estos años. Tomaré una como paraguas, para abarcar todas las reflexiones sobre el asunto:
¿La Seña nunca tuvo problemas con el gobierno para hacer su trabajo creativo?
Ante todo, vuelvo a limitar mi artículo. No abarco el humor gráfico, ni radial, ni televisivo, etc. Sólo el teatral, donde fui protagonista. Sé que es difícil hacerlo y es injusto, pero ya habrá otro que haga esa historia. Me disculpo, pero yo no…
En esos años ochenta, como ya dije más de una vez, Virulo se adueñó del Conjunto Nacional de Espectáculo y comenzó a llevar a escena sus obras en el Teatro Karl Marx, como extensión de sus canciones humorísticas que abordaban tímidas críticas como “la croqueta que se pegaba al cielo de la boca”, “los taxis que nunca paraban”, etc., por lo que nunca tuvo problemas con la censura. Además, su fuerte crítica la dirigió a lo que sucedía “afuera”, por lo que siempre se ganó el apoyo del oficialismo.
A propósito de Virulo y La Seña, aprovecho para abordar otro punto relacionado con este artículo y que es bueno analizar antes de avanzar: según mi opinión, no todos  pueden hacer humor crítico, humor político. Hay quien crea humor “blanco”, absurdo, de crítica a conductas del ser humano, etc. y no por eso deja de ser buen humorista. Digo esto, porque algunos se llenaron y se llenan la boca diciendo que el humor debe ser siempre subversivo, contestario, etc. (Muchos creadores piensan eso para justificar su mediocridad).
Me da risa y pena, porque en aquellos días se enarbolaba una frase de Martí, sacada de contexto, que citaban a su antojo, absolutizando lo dicho por el Apóstol: “el humor es como látigo con cascabeles en las puntas”. (Si fuera así, con ese mismo látigo tenían que autoflagelarse).
Por tanto, amigos humornautas, según mi experiencia es muy necesario hacer humor, no importa si se vive en crisis, si hay mano de hierro en el país, etcétera., ni importa qué tipo de humor se hace. Sólo hay que ser honesto y crear lo que le sale a uno bien, lo que le brota espontáneamente y no, por estar inocentemente “a la moda”, o por ser oportunista, o simplemente querer con honestidad hacer humor de crítica política, humor mediático, pero sin uno tener talento para ello. Eso no significa que cada cual tenga su opinión política y que decida hacerla pública o no, pero no en la creación, insisto, si no le sale bien.
Pero ahora voy para otro punto álgido: la calidad artística.
A mí, por ejemplo, no se me da bien el humor de crítica política e ideológica y las pocas veces que lo he hecho ha sido pasando trabajo para que quedara con un mínimo de calidad. Porque no se trata de pararse en un escenario y decir que hay poca comida o no hay transporte. Ahí sólo obtendrás aplausos, porque la gente necesita escuchar eso, pero no es arte, no es humor.
Me encantaría hacer humor crítico y no dudo que lo siga intentando, (como por ejemplo, el cuento "Una hospitalización de madre", publicado en esta misma página), pero con mucha autocrítica, porque si es malo, nunca haré pública mi obra.
En mi época, en los años ochenta, era casi imposible hacer humor de crítica política o ideológica. La censura era fuerte. Incluso había que afinar bien la puntería y exprimirse las neuronas para decir algo agudo y hacerlo de tal forma que la censura no pudiera argumentar nada. Era tan velada la crítica que se lograba filtrar, que muchas veces el público ni siquiera se enteraba. Y me refiero únicamente a los que teníamos el privilegio de estar largas temporadas en espaciosos teatros, o hacer giras nacionales o hacer programas de televisión, que éramos pocos, a pesar de que se formaron muchos grupos en esos años, como ya vimos en artículos anteriores.
En esa época hubo un par de grupos que se arriesgaron más con la crítica política y social, y decían cosillas más fuertes, Pero por supuesto, no decían nada realmente profundo que pudiera amenazar lo planificado por el gobierno. La verdadera y oficial censura sabía lo que permitía y lo que no. Incluso entre nuestros colegas se rumoraba que esos “arriesgados” eran “segurosos”; es decir, agentes del gobierno infiltrados entre los humoristas, y que por eso no les pasaba nada, a pesar de lo que supuestamente “fuerte” decían en escena.
Por otro lado, había quien no hacía la crítica tan directa y se esforzaba en crear con una supuesta elaboración artística, una supuesta profundidad en el texto; sin embargo, se quedaban en las intenciones del guión, porque los recursos teatrales que utilizaban por lo general eran pésimos, por tanto, no vale la pena ni analizar sus guiones, porque eran inefectivos. Forma y contenido es obvio que tienen que estar a un nivel parejo.
Pero específicamente, ¿en qué choqué yo con las autoridades durante mi trabajo con La Seña? Aclaración: hablo sólo en nombre mío.
Comienzo. Una vez, a mí me citaron de Seguridad del Estado, porque mi grupo “se hizo nacional” y me necesitaban para informarles quién hacía chistecitos contra Fidel, contra La Revolución, etc. En el edificio verde de Santa Teresa entre Milanés y Medio, me llevaron por varios pasillos oscuros hasta llegar a una oficina donde me esperaba un conocido “seguroso” de Matanzas. Mi respuesta fue que si veía a alguien poner una bomba en el teatro, donde murieran inocentes, lo informaba seguro, pero ser delator, traidor y espía entre mis colegas, como ellos lo querían, no lo aceptaba, ni servía para eso. Según rumores, eso y otras cosas que sucedieron, provocó que nunca autorizaran a nuestro grupo salir del país en gira, por estar catalogados como “posibles emigrantes”.
Recuerdo otro asunto que me desgastó bastante: un número llamado “Los Ríos”. En él, le hablábamos a los tres ríos de la provincia de Matanzas, informándoles que iban a sufrir por la contaminación que produciría el campismo (en esa época se instauró esa política de gobierno para sustituir el hospedaje de los cubanos en los hoteles, que serían sólo para extranjeros a partir de ese momento). De la oficina de Fidel llamaron a la Juventud Comunista de Matanzas para que hablaran con nosotros y eliminásemos ese número. Nos citaron a reunión y no aceptamos, porque nunca nos dieron un argumento sólido, todo era impositivo. Ganamos esa batalla. Pero a pesar de eso, enviaron una carta al Instituto Cubano de Radio y Televisión para que nunca nos permitieran hacer “Los Ríos”. Tuvimos que aprovechar un programa en vivo y ocultar cuál número íbamos a representar y hacerlo ya al aire, cuando no podían quitarlo. Además, le ordené a nuestro productor que consiguiera una presentación en la sede de la Juventud Comunista Nacional y fuimos, y el primer número que presentamos fue “Los Ríos”. No sé si estuvieron presentes los que sabían del lío, pero nunca tuvimos más queja y continuó el número en nuestro repertorio.
También recuerdo que estuve con La Seña en un espectáculo en el Teatro Lázaro Peña, por el día de la Cultura Cubana, compartiendo escena con Pablito, Omara, el Ballet Nacional, etc, etc. y después del ensayo general se me acercó el director Cáceres Manso (actual director de televisión del canal 41 en Miami) para decirme que teníamos que quitar parte del número que se había ensayado, porque en él se decía: “Ya se murió Carlos Prío Socarrás”. Sólo eso. Y al Viceministro de Cultura que estaba censurando el ensayo no le gustó, porque al espectáculo iba asistir Fidel “y era complicado un texto así”. Por supuesto que ganamos esa batalla también por lo poco sólidos de sus argumentos y además, porque no podían tampoco a esa hora cambiar el show si nos retirábamos.
En otra oportunidad, en medio de una presentación en el teatro principal de la ciudad Pinar del Río, llegó corriendo el productor hasta detrás de las bambalinas, donde yo estaba, y me cuenta alarmado que un oficial de la policía quería detener el espectáculo. Corrí hasta los camarines, donde estaba el hombre discutiendo con la vestuarista que lo detenía ahí a duras penas y lo enfrenté como director de La Seña. El tipo me dijo que en el número recién finalizado era evidente que el mencionado Polifemo era El Comandante en Jefe y eso él no lo iba a permitir. ¡Por primera vez la censura se daba cuenta de algo tan pensado para vencerla! (O por lo menos la primera vez que lo hacía público). Pero, paradógicamente, la censura tan astuta llegaba en forma de “guajirito” en uniforme. Con esto digo que nuestro argumento de defensa fue que nosotros nunca creamos esa escena pensando que Polifemo era Fidel y que si él pensaba eso, él era el del problema ideológico. Obvio que cuando lo ví dar un pasito tímido en retirada, fui más agresivo con ese argumento, llegando a presionarlo para que me llevara ante su superior. Por la razón que fuere, al final el hombre se marchó haciéndose “el buena onda”, dejándome nervioso y angustiado, perfecto para continuar haciendo reír a los asistentes.
Por último, quiero mencionar aquí otra situación que viví límite, cuando el segundo del Buró Provincial del Partido en Matanzas, nos llamó a una reunión, porque se estaba realizando en el Teatro Sauto el Festival Nacional de Humor “Seña 90”. Un Festival competitivo, precursor del Aquelarre actual, organizado por nuestro grupo, donde se daba el Premio “Melocactus matanzanus”, un cactus oriundo de Matanzas y casi en extinción creo. Y todos los humoristas del país estaban allí reunidos. En esa cita él nos pidió que con nuestra influencia hiciéramos posible que los humoristas cubanos, “espontáneamente”, le escribieran una carta de apoyo al Comandante en Jefe contra las eternas amenazas del imperialismo. Tuvimos que decir que sí y hacer una carta a Fidel diciendo que los humoristas cubanos estábamos a favor de la paz mundial, la lucha contra la contaminación, etc. y nunca mencionamos nada político, ni hubo un eslogan, ni nada de lo que nos exigían en ella. Entonces llamamos a los más amigos de entre los colegas, le contamos todo y nos pusimos de acuerdo para que en cuanto leyéramos la carta enseguida la apoyaran y se aprobara. Después se la dimos a los medios de comunicación que cubrían el evento, pero sólo al finalizar todo y ya con los periodistas  subidos en sus autos para irse a sus casas. Días después, cuando salió publicada la carta, nos llamaron del Partido y no sancionaron a su forma.
También recuerdo durante ese mismo Festival, que a las diez y media de la noche tocaron en mi puerta, con mis hijos dormidos y mi esposa y yo acostados, muy cansados del largo día. Eran dos “compañeros del Ministerio del Interior” (uno de ellos, años después, un amigo mío se lo encontró vendiendo maní en la Terminal de ómnibus, “separado de las filas”). Vinieron hasta mi casa a pedirme que, como director artístico del Festival, eliminara un chiste del grupo Nos y Otros, porque lo consideraban “muy fuerte” (no recuerdo ahora cuál era el chiste), y podría provocar alguna mala reacción en el público. Lo único que se me ocurrió para salir airoso y digno de aquello fue decirle: “Yo no considero que ese chiste fuera fuerte, por tanto, no lo elimino. Y eso quiere decir que si sucede algo en el público debido a ese chiste, la única responsabilidad es mía como director del show y a mí solo tenían que llevarme preso si querían”. Tenían dos opciones, o me metían preso ahí mismo, o aceptaban lo que les proponía. Como no quisieron armar lío y que se suspendiera el Festival, aceptaron mi propuesta. Como es lógico, estuve cagado de miedo hasta que Nos y Otros no se presentaron y no sucedió nada.
Insisto, por todas esas cosas, horas amargas, con terror e incertidumbre, sin saber lo que te pasaría por hacer algo así.
Pero La Seña no era una entidad como para eliminarla de un plumazo, por el arraigo en la población. Hubiera sido una torpeza política hacerlo, aunque por detrás me presionaban para que la disolviera y la armara con otros “talentos” aprobados por ellos, obvio, como varias lo intentaron.
La Seña fue el primer grupo que surgió en Cuba con una forma de hacer humor nuevo, fresco, “inteligente”, sin caer en grosería alguna y logrando cada vez una calidad escénica sólo comparable con reconocidos grupos extranjeros. Es que hacíamos espectáculos muy ambiciosos y fuimos de menos a más; con música de alta elaboración interpretada en vivo, unos diseños exquisitos, una puesta en escena cada vez más ingeniosa, creativa y una actuación más efectiva a medida que agarrábamos oficio, con una vis cómica natural y sobre todo un guión sólido, lo que hacía una propuesta humorística distinta, de buena calidad artística y –sorpresivamente- poco elitista, ya que toda Cuba nos seguía, desde el obrero de la construcción hasta el intelectual, porque también la escasa crítica nacional nos reconoció y nos alabó siempre. Ambas cosas formaron nuestro capital para enfrentarnos a la censura y a las presiones del gobierno.
Y a pesar de no decir en público que había hambre, que faltaba jabón, y todos esos supuestos chistes fáciles, la gente nos respetaba, admiraba y nos seguía en todo el país, durmiendo en los portales de los teatros donde estrenábamos, rompiendo cristales lo mismo en el Teatro Acapulco que en las salas de provincias.
En fin, la respuesta a la pregunta del comienzo de este artículo es: sí, tuvimos problemas con el gobierno para hacer nuestro trabajo. Problemas que nos desgastaron, que nos quitó horas de creación, ¡de vida!, pero que valió la pena enfrentar, aunque fuera para contarlo ahora.
Continuará.

 

Comentarios

P.P., he estado muy ocupado

P.P., he estado muy ocupado durante estos días pasados y no había tenido tiempo de comentar esta VI entrega tuya de la historia de la Seña. Lo hago ahora porque acabo de releer el artículo y se me ha llenado la cabeza de recuerdos, algunos de ellos poco gratos, pero todos altamente nítidos.
Yo también fui "citado" a esas mismas oficinas de la seguridad del estado en Matanzas a propósito de mi pertenecía a la Seña de Humor. Estuve una semana pensando "¿qué habré hecho para que citen a ese lugar?" Me tuvieron un rato esperando hasta que aparecieron dos tipos. Al parecer un amigo de la infancia, que después de unos años combatiendo en la guerra de Angola en la contrainteligencia militar devino oficial del ministerio del interior, había dado su palabra, recomendación o lo que fuera acerca de mi condición de "hombre honesto, recto y fiable, leal con los amigos y fiel a su palabra" (así más o menos me dijeron aquel día que me había definido mi viejo amigo), muy a propósito, agregaron, para "colaborar con nosotros", que es como llaman ellos a la acción de “chivatear”. La Seña tenía “mucha fama”, dijeron, y se hacía necesario contar entre sus integrantes con alguien “leal a la revolución” que los mantuviera informados de lo que en el grupo se hablaba. Les dije directamente que cómo se podían fiar ellos de la lealtad de un tipo, en este caso yo, que dejara de ser leal a sus propios amigos; "cómo puede, R. (nombré al amigo que me había recomendado) pensar que yo le puedo traicionar". Fue una larga "conversación", donde me hablaron de mis hermanos, de mi padre y su buen nombre, de mis amigos, algunos de ellos "algo descarriados" porque eran homosexuales, y de la gente de La Seña. Les dije que no contaran conmigo, aunque también hable de “la bomba en el cine” y de que si veía a alguien poniéndo una iría directamente a avisarles. Me preguntaron amenazantes y tramposos: “¿Quién es más importante para ti, ellos o la revolución?” Sólo se me ocurrió decirles: “para mí ellos son la revolución y mi lealtad hacia ellos es mi lealtad a la revolución”... En ese punto estaba entre hacerme caca o tirarme al suelo de la risa. Me dijeron: "en La Seña hay quienes colaboran con nosotros", y nombraron a uno. (El hecho de que no escriba su nombre aquí no se debe a mi integridad ni a que desee proteger su identidad; mi “lealtad” tiene un precio: todo el que quiera saber quién era el chivato en La Seña sólo tiene que enviarme un giro de 100 $ (americanos) y una declaración firmada de que va guardar el secreto al menos hasta que yo reúna un millón, me haya hecho una cirugía facial y haya cambiado de identidad y domicilio... estoy tentado a ponerme tetas... hasta tanto nada se sabrá) Bueno, continuando en serio, los días posteriores a aquella tarde han sido probablemente los más angustiosos de mi vida, el miedo no me dejaba ni caminar, veía micrófonos, camaritas y agentes 007 por todos lados. No le deseo a nadie pasar por eso. Pero, quede claro que el miedo era consecuencia de que al negarme a colaborar estaba convencido de que me harían la vida un infierno hasta conseguir meterme en la cárcel o algo así. Y se debía también a sucesos complementarios de los métodos de intimidación de la seguridad cubana: de vez en vez se detenía un auto a mi lado y algún tipo, sonriente, me decía, por ejemplo: "eh, Rubén, soy de la gente de Tony Miret (ese nombre, del oficial de la seguridad que atendía a los artistas, lo doy gratis, pero es porque todos lo conocen... estoy perdiendo dinero), y continuaba: -“¿vas para casa de tu hijo?... yo voy en ese rumbo ¿te llevo?".... A "casa de mi hijo", así de simple; me cago en sus madres... Pedona, P.P., lo de simple. Uno de estos subordinados "de la gente de" (aún lo veo desde la ventanilla de su carro, en la calle Río, a dos cuadras de tu casa PP, invitándome a subir y yo eludiéndolo y encima dándole las gracias) terminó sustituyendo al tal Tony M. cuando este fue separado de su cargo a raíz de los sucesos de la librería “El Pensamiento”, aquella golpeadura a los escritores presentes en una lectura de poemas, entre ellos la poetiza Carilda Oliver Labra y que acabó con Gabriel García Marquez interviniendo ante su amigo Fidel Castro para que alguien rindiera cuenta de aquello “tan horrible”.
Bueno, me he extendido un poco, pero al leer tu artículo he vuelto a revivir cosas que no debo olvidar nunca. En resumen quiero decir que La Seña sí formaba parte del contenido de trabajo de los miembros del Ministerio del Interior cubano, y que no se tomaron el trabajo de ser muy finos a la hora de realizar ese trabajo, más bien al contrario, era intención hacernos saber que estaban detrás de nosotros y que tuviéramos cuidado.
Recuerdo que la ridiculez de los censores llegaba al punto de prohibirnos decir en un programa de televisión la palabra "calzoncillo" ¿lo has contado ya aquí?. Supongo que esos, los censores, sí la pasaban mal. La Seña flotaba sobre las aguas gracias a nuestra popularidad, como bien explicas en el post, pero, ellos arriesgaban sus cabezas si a nosotros "se nos iba la mano", o la boca, en alguna actuación.
Tampoco olvido cómo durante todos esos años estuvimos rodeados siempre de gente, conocida o no, en cuanto evento o espectáculo se realizaba y a los que llamábamos “satélites”, convencidos de que su labor era simplemente la de trasmitir a las oficinas de la SS (seguridad del estado) todo lo que hablábamos o sucedía.
Sigo encantado con tu labor de poner la historia de La Seña sobre la red. Muy bueno el post.
Un abrazo.
Rubén A.M.

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