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ALGUNAS PUNTUALIZACIONES SOBRE EL HUMOR EN CUBA DURANTE LOS AÑOS 80, A TRAVÉS DE LA HISTORIA DEL GRUPO LA SEÑA (VII PARTE).

No lo tomen como un clisé en este caso, lo juro: el público fue el verdadero responsable del éxito de La Seña.

Por ese motivo me extenderé al responder la pregunta de este artículo:

¿Qué acogida le dio el público cubano a La Seña del Humor?

Como ya mencioné en artículos pasados, al principio, cuando nuestro grupo se presentaba en La Casa de la Cultura de Matanzas, conocida como La Sala White, el numeroso público que allí entraba de manera gratuita, aplaudía con ganas lo que le mostrábamos, se sonreía y a veces se reía, con dudas (excepto Rubencito, Pedri y algún otro loco que lloraban de risa), pero respetaban lo que ahí veían.

Poco a poco se fueron adaptando y comenzaron a “vislumbrar mejor” el humor que le proponíamos, rompiendo con el otro tipo de humor que le daban casi todo por la tele hasta ese momento. Tanto fue así que ya no cabían en La Sala White y tuvimos que mudar nuestras presentaciones para el cine-teatro “Atenas”, donde ahí sí pagaban para vernos.

Meses más tarde ya no cabían en este último espacio y nos dieron la posibilidad de presentarnos en el renacentista y prestigioso Teatro Sauto, Monumento Nacional. Y al hacer varias temporadas ahí, puedo asegurar que conquistamos al público matancero y fuimos el orgullo de la ciudad.

Llegado el momento, pasamos a la capital y estrenamos en el Teatro Kart Marx (antiguo Blanquita), el de mayor capacidad de La Isla, realizando temporadas de dos y tres meses a capacidad llena. Por suerte, o por lo que sea, enseguida ese público compuesto por todo tipo de personas, desde el barrendero, el chofer de bus, la secretaria, el militar, hasta el profesor, artista e intelectual, nos acogió y se entregaron a nuestra propuesta humorística.

La salida al aire de varios programas televisivos donde actuamos, nos abrió la posibilidad de dar giras por el país. Aclaro que el rating subía en esos programas, según nos decían, pero nosotros no quisimos ceder a las presiones y restringimos mucho nuestras apariciones en televisión. Quizás eso ayudó a crear grandes expectativas en el interior del país, porque cuando íbamos era un seceso en cada locación.

Ejemplo, la primera vez que visitamos la ciudad de Santi Espíritu, la policía tuvo que hacer un cordón humano para contener al público a duras penas. Sólo así pudimos caminar ilesos desde el bus hasta el teatro. Nosotros no lo podíamos creer y lo digo en serio. Aquello nos sorprendió. Insisto, quizás por los pocos eventos artístico-culturales de buen nivel que giran a provincias; quizás por ser nosotros “artistas nacionales de televisión”, pero que a la vez no pueden ver tanto como quisieran; y quizás por la novedad del tipo de humor que proponíamos (o quizás por todo junto), ese “entusiasmo” del público se replicó en casi todas las ciudades y pueblos que visitamos.

Recuerdo que en la ciudad de Santiago de Cuba, al comenzar el espectáculo salíamos desde la entrada principal hasta el escenario, entre los asistentes y la algarabía y “la matazón” para tocarnos, para rozar nuestras ropas, era increíble. Incluso, al salir de la ciudad de regreso a nuestras casas, en nuestro bus, varios autos nos seguían tocando las bocinas y saludándonos.

Quiero reflexionar ahora sobre distintos tipos de públicos que nos encontramos en esos años ochenta. Por ejemplo, hicimos una breve temporada en el Teatro Nacional, en la Sala Avellaneda, y nos dimos cuenta que era el único público en toda Cuba que aplaudía los chistes, además de reírse de ellos, claro. Fue un placerazo enorme y no lo podemos olvidar. Es como la elite de la elite de los públicos.

Yo reviví eso al viajar a Buenos Aires en una ocasión y asistir al Teatro Coliseo para disfrutar un show de Les Luthiers. Hubiera matado en esos momentos por subir a escena para actuarle a ese público.

Pero en esa época también chocamos con situaciones distintas. La primera vez que fuimos a la ciudad de Colón, en la provincia de Matanzas, nos sucedió algo inexplicable. Partió el espectáculo y vimos que el público no se reía. No nos llegaba el retorno necesario de los comediantes: la carcajada, la risa y la sonrisa. Recuerdo que detrás del telón de fondo nos poníamos a especular sobre lo que sucedía, pero siempre llegábamos al punto de que era el público el del problema, ya que esos chistes estaban más que requetecontra probados en otros muchos lugares. Concluimos que la causa de todo era el poco nivel educacional y cultural de los espectadores, por lo que di órdenes de bajar el dichoso nivel, explicando más los chistes y eliminar las gracias más “intelectuales” o sustituirlas por otras más obvias. Se hizo así, pero la cosa no funcionaba tampoco. Nos obligaron a bajar aun más el nivel y ya casi bordeábamos la vulgaridad, tratando de parecernos más a los humoristas de cabaret, para “ir al seguro”. Pero tampoco tuvimos éxito. No escuchábamos reír a la gente. Ni la veíamos sonreír siquiera. Sufrimos hasta al final. Cuando se terminó la función, se iluminó el teatro y salimos todos a saludar, queriendo que nos tragara la tierra, la gente se paró a aplaudir en una cerrada ovación que duró varios minutos. Nunca entendimos.

Me acuerdo que después, antes de irnos, le preguntamos a varios y nos dijeron que allí no se acostumbraba reír en voz alta públicamente, pero que les encantaba La Seña, aunque eso sí, nos criticaron que al final del show habíamos bajado el nivel. ¡Para volverse loco!

Por otro lado, sí nos encontramos con públicos realmente con pésimo nivel educacional y cultural. Por ejemplo, en Mayarí Arriba y en otras localidades de las provincias orientales, como si fuera en pleno “oeste norteamericano”, tuvimos que soportar a espectadores que bebían litros de ron semiacostados en los pasillos del cine-teatro y que nos gritaban groserías con la complicidad del resto de los asistentes, que hasta reían con los insultos soeces que salían de aquellas alcohólicas bocas. Daban ganas de irles encima y patearlos, pero no era la solución y tuve que detener a más de un miembro de La Seña (incluyéndome) que deseaba responderles con justa razón.

En otra ocasión, pero ahora en el caserío llamado “Macagua vieja” en la provincia de Matanzas, llegamos una noche para actuar en el Salón de Recreaciones del poblado y nos encontramos el siguiente panorama: un galpón rectangular con piso de cemento sin las paredes en los laterales más largos. En una punta, el escenario de 4 x 2 metros, aproximadamente, con un metro y medio de alto, y con una pared de concreto de cortina de fondo. Frente al escenario, 40 ó 50 sillas plegables de madera, sucias, descascaradas y cojas. En ellas cinco ancianos de más de setenta años, sentados lo más lejos posible uno del otro, fumando en sus respectivas pipas. Por el medio de las sillas corrían desaforadamente quince o veinte chiquillos descamisados y sin zapatos, jugando y gritando con euforia. Al fondo, en el lado opuesto al escenario, un tanque con cerveza cruda, que despachaba con calma un hombre flaco con un gorra de pelotero y a los largo del mostrador, una fila de altos y fuertes hombres blancos, negros y mulatos, cortadores de caña, patilludos, en camiseta, sin bañar, con caras agrias y miradas torvas, cada uno con un vaso de cera en la mano, terminando su cerveza.

Para rematar, una música de mal gusto a todo volumen.
Nos tuvimos que tomar varias cervezas seguidas para llenarnos de valor y presentar nuestro repertorio de chistes finos, supuestamente “inteligentes” y bien elaborados artísticamente, en aquel lugar. Actuamos para nosotros, nos divertimos, nos burlamos de nosotros mismos y nos fuimos volando de allí.
Entre nosotros nos reíamos diciéndonos que La Seña era tan especial que iba del público del Teatro Nacional al público de Macagua Vieja. Pasábamos de lo sublime a lo ridículo en cada actuación.

Pero en este asunto de públicos no hay regla.
Recuerdo en la segunda ocasión que visitamos la ciudad de Santiago de Cuba, varios del grupo fueron invitados por un amigo en común a visitar a alguien en las afueras de la ciudad. Era en el campo, en medio del monte. Un bohío; es decir, una casucha con techo de guano, paredes de madera delgada, piso de tierra apisonada, con un pozo de agua potable cerca, pero con electricidad, ya que una línea pasaba a pocos metros. Por eso en aquel ambiente era raro ver un televisor, aunque fuera ruso y en blanco y negro. El dueño de aquello era un viejo solo, como de sesenta ó setenta años, muy negro, descendientes de haitianos, fuerte, casi sin dientes. Apenas terminó su cuarto básico en la escuela. Invitó a un lechón asado que preparó y en medio de la comelata encendió un habano, cruzó el pie y dijo, con la seguridad de un crítico con experiencia: “Por lo que he visto por televisión, La Seña cambió el humor en este país”. Un silencio largo y ojos aguados entre los presentes. No se dijo nada más al respecto.

No hay regla ni norma. Una noche en el Teatro Acapulco de Nuevo Vedado, en la capital, nos programaron para cerrar un espectáculo donde actuaban Los fonomemecos, Los fonotarecos y otros grupos del mismo estilo. Un estilo completamente diferente al nuestro, más cerca del cabaret que del teatro. Sufrimos esperando nuestro turno, ya que veíamos y escuchábamos cuánto disfrutaba el público. Estábamos convencidos de que nos iría mal, porque de verdad que lloraban de la risa con nuestros colegas. Al fin nos tocó y aunque parezca increíble, ese mismo público rió a morirse con nosotros, como si sólo hubiesen sido seguidores de La Seña de toda la vida. Eso nos gustó, porque entendimos que el público se ríe de todo y es bueno que así lo haga. Los equivocados son los productores y funcionarios de los medios de comunicación como la tele y la radio, que subestiman a los espectadores.

Para corroborar lo anterior, puedo mencionar aquí la única vez que en esos años ochenta La Seña se presentó en un cabaret. Fue en la ciudad de Cienfuegos. Nos insistieron mucho para que después de nuestra actuación en el Teatro Terry, nos fuéramos para el cabaret del Hotel Jagua y nos presentáramos a la una de la mañana. Yo estaba renuente, pero cobraríamos demasiado bien y ante eso no podía hacer nada. Sólo exigí que anunciaran el mismo espectáculo del Terry para el cabaret a esa hora. De nuevo a beber bastante ron para llegar ahí con valentía, es que el público de esos lugares, que va a comer, tomar, bailar y conquistar parejas, para el segundo show ya están borrachos y sólo desean chistes de grueso calibre. Otra nos equivocamos. Allí nos esperaba un local abarrotado, un público sobrio y expectante por disfrutar el humor de La Seña.

Termino con el recuerdo de una señora mayor que me paró un día en una calle cerca del Teatro Kart Marx, a finales de los años ochenta y me dice: “gracias, hijo, con tantos problemas que tenemos en este país, que nos hagan reír, desconectándonos de todo por dos horas en el teatro, vale millones. Sigan así”.

Bueno, no termino exactamente, porque me vino a la mente que después, en los años noventa, cuando ya yo me fui a vivir a Chile, una clase social sin educación y cultura, pero de dinero fácil y abundante, tomó el poder y obligó a los humoristas a complacerlos.

Pero esa historia que la cuente otro que haya sido testigo.

Ahora sí finalizo, agradeciéndole al público cubano que me haya mimado tanto en los años ochenta.
Continuará…
 

Comentarios

El público

Creo que una de las causas importantes de la aceptación por parte público cubano era la identificación que hacían de los miembros de La Seña con el individuo común y natural que cada uno de ellos era: podían los señeros ser cualquiera de la familia, alguno de sus amigos, la gente del barrio. Esa sensación de “estos tipos son como uno” nos premió con una buena parte del cariño que percibimos siempre en el escenario y fuera de él.
El concepto de profesionalismo y la calidad, en el caso de La Seña, se mostraban muy alejados de las maneras y poses del “Divo”, del modelo clásico del artista que tiende al mito y a la diferencia más que a la naturalidad y a la coincidencia con el resto de los hombres. No es que sea algo falseado ni buscado a propósito por los artistas de todas las épocas y lugares (aunque algunos los hay), pero es inevitable que la gente eleve a la categoría de semidioses a muchas de las personas con dotes artísticas que los hacen felices y los entretienen.
Curiosamente, con La Seña, aunque ocurría también esa mitificación, la gente solía hacer cierta distinción, tal vez por el tipo de arte (en el humor el público es la mitad del resultado y, al menos en el teatro, deja de ser mero espectador, aportando, desde la risa y el buen ánimo, buena parte de la energía necesaria para que la magia del hecho artístico se concrete), tal vez por el comportamiento de los miembros del grupo: una evidente ausencia de “estiramiento” alguno fuera (también dentro) del escenario. Las “poses de artista” no iban con nosotros, eran demasiado agotadoras y limitaban esa libertad de ser nosotros mismos que la fama y éxito nos proporcionaban.
Recuerdo montones de veces a media Seña haciendo las colas con el público, desde horas antes, junto a algún familiar o amigo, bromeando o sudando o ambas cosas a la vez, ¡para ver a La Seña! en el Teatro Sauto, en el Acapulco, el Nacional. O “resolviendo” entradas en la misma taquilla para algún conocido o no tanto. Estas cosas no suelen hacerlas los artistas ad usum. Como, al finalizar un espectáculo, sencillamente irnos en grupo a la parada del autobús y sumarnos al montón de gente que, tras salir del teatro, pugnaba por tomar la primera “guagua” que pasara para irnos al hotel de turno. Y no es que lo del transporte fuera una elección personal: las limusinas eran tan inexistentes como cualquier viejo chevrolet del 53, pero, sí que podíamos esperar un tiempo razonable, como hacían y hacen el resto de los artistas, para no coincidir con quienes unos minutos antes nos estaban aplaudiendo, con cuánta admiración y respeto, durante el espectáculo.
Y tampoco es que yo piense que las cosas han de ser así, ni mucho menos, pero opino que eso nos hacía más cercanos a nuestro público, y tal vez deba tenerlo en cuenta el día que tenga a mi disposición una limusina al término de cada función.
Es más: mañana mismo me voy en metro al trabajo.
Muy bien Pelayo. ¡Y ni hablar de tu memoria!

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