El humorista vulgar y la risa estercolera

2018121513565348626.jpgEsta reflexión la hago sin ánimo de sentar cátedra ni de convencer ni descalificar a ningún colega en específico. ¿Por qué pensé que era importante publicarla? Es que con demasiada frecuencia veo a humoristas haciendo humor con lenguaje vulgar, con imágenes groseras, abordando lo escatológico, lo sexual, con palabras obscenas, etcétera, porque saben que la risa es segura. ¿Pero por qué sucede eso?

Hagamos un poco de historia. El primer chiste del cual se tiene noticia pertenece a la cultura sumeria y data del Siglo XX a. C.. El grabado en la piedra se lee así: “Algo que no ocurre desde tiempos inmemoriales: una mujer joven que no se haya tirado un pedo en el regazo de su marido”. También sabemos que las primeras comedias en la Antigüedad, trataban sobre obscenidades, infidelidades, vulgaridades. Entonces, ¿es parte del diseño humano? ¿Falta de educación, cultura, refinamiento social? También.

Veamos: todo lo que de placer después de sufrir, es bien recibido por el ser humano. Cosas no tan graves como la muerte o estar cerca de ella, por supuesto. O no quedar en ridículo, claro. Risa de alivio. A lo anterior se le suma el tema tabú. Desde niños no nos dejan decir malas palabras, por ello que alguien las diga en público nos provoca risa, porque estamos participando en la rebeldía contra una formalidad autoritaria.

Una arista de este asunto lo abordó el crítico literario, teórico y filósofo ruso Mijail Bajtín (1895 -1975), con su investigación de la cultura popular. Por ejemplo, la historia del carnaval. Sus raíces están en las fiestas paganas que se realizaban en honor a Baco, el dios del vino, las saturnales y las lupercales romanas, o las que se realizaban en honor del toro Apis en Egipto. Después se expandió estas costumbres por toda Europa y los navegantes españoles y portugueses, a partir del siglo XV, la llevaron a América. Ya en esas tierras se fusionaron con las antiguas celebraciones andinas y las de origen africano, que trajeron consigo los negros esclavos. Ojo: todas estas fiestas se relacionan con borracheras, banquetes, bailes y sexo desenfrenado. Imagínese entonces cuando la Iglesia abrió esa compuerta de las carnestolendas por unos días al año en la Edad Media. ¿Saben ustedes cuáles eran una de las mayores diversiones en ese entonces? De nuevo representar obras teatrales en plazas al aire libre, donde lo grotesco y vulgar imperaba en cada argumento. Y una de las actividades favoritas era crear un muñecón con la figura de una autoridad, incluso eclesiástica, y como todo estaba permitido, hacían desfilar por las calles a ese muñecón, mientras el populacho le lanzaba orines y excrementos. Con el Renacimiento y la importancia de las artes, después con la oficialización de la educación, etcétera, el ser humano comenzó a darle más relevancia a la risa más “intelectual”, como los juegos de palabras, las asociaciones de ideas, la inteligente ironía y demás; es decir, comenzó a darle importancia a reír mientras se pensaba para elevar el espíritu, pero sin dejar de reír nunca de lo escatológico, de lo vulgar, de lo grosero, por supuesto.

¿Significa que se debe prohibir el uso de palabras obscenas, por ejemplo, en las obras artísticas? ¡No! Porque si aportan al mensaje, al argumento, si están bien justificadas, si no agreden, pues claro que son bienvenidas.

Lo que sucede es que los humoristas usan y abusan de ellas, para obtener esa risa surgida de lo más elemental, por ser una garantía de éxito. Esos humoristas que buscan la risa fácil deben hacerlo en ciertos espacios (centros nocturnos, o en momentos festivos, con alto nivel de alcohol quizás, pero sin niños presentes, obvio). Pero, lamentablemente lo hacen en eventos culturales, artísticos, masivos y a cualquier hora. En fin, involucionamos.

Pero, ¿tienen derecho a hacerlo donde les de la gana? Por supuesto. Si los empleadores particulares o estatales se lo permiten. Porque así son las reglas de la libertad de expresión.

Aclaro: a mí me dan risa también esas "cochinadas", como es natural. No me las doy de elitista, ni soy beato ni creído.

Pero como en todo, siempre hay que buscar el equilibrio ideal. Aunque por favor, pase lo que pase, jamás pongamos en juego la libertad de expresión.

¿Cómo combatir ese tipo de humor que en vez de beneficiarnos, sobre todo a los niños, hace que nos volvamos más básicos? Cuando un humorista explota ese facilismo de mal gusto, cambiemos el canal o el dial; no leamos el libro o la revista; no visitemos ese sitio web o galería; no asistamos a los teatros o escenarios donde se presentan, etcétera. Entonces los empleadores no los llamarán otra vez porque saben que les bajará el “rating”. Y los medios de comunicación mediocres no los ensalzarán más. De esa manera, dichos humoristas tendrán que cambiar sus rutinas o mantenerse arrinconados en ciertos sitios, donde hay un público que disfruta de ese humor hediondo como cualquier necesidad fisiológica.

(Artículo publicado en mundiario.com).

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