Investigación sobre el humor latinoamericano

cara71_104.jpgLa idea de hacer un ensayo investigativo se me ocurrió al leer dos libros. El primero, fue “El pijama” (DOPESA, Barcelona, 1973), del humorista francés Daniel Daninos. En él aparece –en la página 111-, el siguiente comentario del autor: “El sol continuo vuelve el humor más triste que la lluvia. No sólo hay mucho más humor en Inglaterra que en el Perú, sino que el humor de los brasileros o de los mexicanos es infinitamente más trágico que el de los checos y el de los húngaros, que sin embargo, soportan inviernos tan rigurosos como su régimen político”.
El segundo libro fue: “Antología de humoristas franceses contemporáneos” (Tauros. Madrid, 1958), en cuyo prólogo –página 8-, el señor Miguel Salabert cita la siguiente definición concebida por el humorista también francés Hipólito Taine: “El humor es algo amargo, acre, sombrío, que nace bajo el cielo frío de los países septentrionales y conviene solamente a los espíritus germanos, como la cerveza y el schnaps”.

Cuando leí ambos libros, se me alteró el ego –en latín se conoce como el alter ego-, y escandalizado, enojado y ofendido, concebí entonces la idea de una investigación para demostrar lo contrario a lo que afirman esos caballeros. Por supuesto, evitando caer en una indigna venganza, pero sí –por qué no decirlo- con deseos de saborear un dulce, necesario y vil desquite, en nombre del humor Latinoamericano. Aunque alerta siempre a no caer en el chovinismo barato, en el nacionalismo caro y mucho menos en la xenofobia en oferta o en liquidación.
Entonces me lancé a probar una hipótesis muy atrevida, pero no por ello osada: el humor latinoamericano, tanto en la élite de creación artística, como en lo catalogado como popular –y a veces populista, populoso o populachero-, está a un superior nivel que el humor de cualquier individuo o pueblo de otros continentes de este Planeta, incluyendo las tierras de esos grandes europeos del pensamiento y la literatura que se equivocan –según mi humilde entender- en esas audaces y absurdas afirmaciones.
Y en eso estoy.
Pero incluso estando todavía lejos de alguna conclusión en mi trabajo, ya puedo asegurar que los europeos nos ven como gente vulgar, ampulosa, retórica, extrovertida, violenta, gritona y cursi. Y para ellos el humor es reflexión, madurez y no tomarse demasiado en serio.
De igual manera puedo afirmar, con temor a equivocarme-, que a pesar de nosotros ser alegres y divertidos, fiesteros y bailadores, en el fondo nos tomamos muy en serio. Demasiado en serio. Y eso es lo que nos perjudica, ya que los europeos son de apariencia muy seria, pero en el fondo no se toman en serio.
Eso me lleva a una incierta y débil, pero no por eso enclenque conclusión: en Latinoamérica se goza más la vida (o se intenta, a pesar de las desgracias, o como defensa ante las mismas) que en Europa; pero en el Viejo Continente está abonado el camino para que surjan creadores de un humor más inteligente, profundo, que haga pensar más y en América Latina, crece mejor el creador de humor chabacano, fácil, ligero y burlón.
Por supuesto, hay excepciones que confirman la regla en ambos casos.
Y por último, casi llego a puerto con mi hipótesis de que el clima no tiene nada que ver con la la creación humorística. Si así fuera no existirían Les Luthiers, Quino, Fontanarrosa, Cantinflas, Ibargüengoitia, Ares, etc. y los esquimales fueran los grandes humoristas del mundo.
¿Sirve de algo mi investigación? ¿A alguien le importa? ¿Cambiará un poquitín aunque sea entender cómo somos y cómo nos ven? ¿Seguirá avanzando en el mundo la extrema derecha? ¿Qué dijo realmente Eienstein? ¿Quién mató al gobernador? ¿Quo Vadis?

 

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