Un con-sentido del humor

cara71_103.jpgEsta es una experiencia personal. La formación del mi sentido del humor.

El objetivo de redactar estas líneas es provocarle a usted una reflexión sobre este asunto. Hacerle recordar sus vivencias al respecto. Todo para remarcar la importancia que tiene apoyar la formación del sentido del humor en nuestros niños. Y pensar qué hacemos mal o bien. Quizás sin querer estamos reprimiendo su desarrollo. Pero sobre todo qué podemos hacer, repito, para facilitar su formación.

Este es mi caso...

No habré sido un niño carismático, pero sí asmático desde mi primer año de edad. Razón para tener una madre sobreprotectora, la cual me obligaba a jugar la mayor parte del tiempo en casa, porque en la calle, en los parques y plazas corría, transpiraba y entonces se me secaba la ropa encima, llegando la tos y faltándome el aire de inmediato. Eso, más la vocación de maestra y formadora de mi hermana -quince años mayor que yo-, facilitó mucho mi acercamiento a los libros y la lectura.

Menciono lo anterior, porque conozco estudios que dan cuenta de correlaciones positivas entre humor y habilidades para la lectura en niños de 6 a 9 años. (B. Fowles y M.E. Glanz “Competence and Talent in verbal Riddle Comprehension” Journal of Child Languaje).

Y yo leí mucho en esa etapa de mi vida (y en todas). Pero analizando cuáles fueron mis lecturas a esas edades, descubro que la mayor parte fueron historietas cómicas impresas, como la de los personajes Bugs Bunny, el conejo de la suerte, El Pájaro Loco, Las Dos Urracas, El Pato Donald, El Pato Lucas, Tom y Jerry, Lulú, El Coyote y el Correcaminos y otras más.

Esas historietas estaban cargadas de humor de principio a fin. De un humor ingenioso, “blanco” -infantil, claro está-, absurdo, exagerado y físico (caídas, persecuciones, tortazos, etcétera).

En mi niñez no abundaba la literatura infantil como ahora. Entonces solamente leía esas historietas, más los cuentos clásicos (Blancanieves, Cenicienta, Caperucita, por poner tres ejemplos nada más) y libros de adivinanzas, trabalenguas, chistes y otros pasatiempos, que yo devoraba insaciable.

Pero no sólo mi sentido del humor se formaba y nutría a través de la lectura, también tuvo su peso específico el humor audiovisual, porque para esas edades estaban programadas en la televisión espacios de dibujos animados (la mayoría cómicos y la mayoría con los mismos personajes de las historietas impresas). Un rato por la mañana y otro por la tarde. Y los domingos pasaban una tanda más larga de dibujos animados y algún que otro clásico filme del Cine Mudo o de los inicios del Cine Sonoro, donde disfrutaba del humor de Chaplin, Keaton, “El Gordo y el Flaco”, Los Hermanos Marx y muchos más. En fin, como me prohibían ver la programación para adultos de la televisión, nada más eso consumía. ¡Y era bastante!

Ya con 8, 9 y 10 abriles (más bien diciembres), tuve la suerte de escuchar en radio y ver en la televisión, un programa catalogado por muchos como el mejor espacio humorístico de Latinoamérica en esos años (y en cualquier época): La Tremenda Corte, con el famoso “Tres Patines” (Leopoldo Fernández) a la cabeza y el genial libretista Castor Vispo. Muchas cosas no entendía, pero me divertía bastante.

Un observación: tampoco se trata de formar a los niños con cualquier tipo de humor, porque si les damos el humor vulgar, grosero, de mal gusto, o esa burla ácida, sin elaboración artística, esa burla para humillar, agredir, solo estaremos formando seres básicos, elementales, sin cultura, pensamiento profundo, sin espíritu elevado. Seres que reirán solamente con esos comiquillos que usan las palabras tabúes, o los recursos de sexo, de escatología, etc. o el facilismo y crueldad de la burla agresiva.

En la Enseñanza Media, recuerdo con mucho cariño la importancia que tomó el chiste verbal en mi grupo de amigos (por no decir en mi generación).

Día a día vivíamos la expectativa de llegar al recreo para intercambiar los últimos chistes en un enorme ruedo que formábamos en el patio. Una de nuestras tareas obligatorias era recopilar nuevos chistes en revistas, suplementos, libros, u obtenerlos del folklor oral. Desde los chistes requeteviejos que contaban los adultos de la familia y sus amigos en esa época, como los eternos chistes del personaje Quevedo (mezcla de gracia costumbrista inocente con picardía); los del personaje Pepito, niño terrible, pícaro, travieso y jodedor cubano (con los años descubrí que cada país tiene un niño terrible en su imaginario popular, Pepito también lo es en México, como Jaimito en España, Argentina y Perú, Pierino en Italia, Toto en Francia, etcétera); hasta los que escuchaba entre los jóvenes, como los de Los atlantes (los conocidos como chistes de tontos).

De la época estudiantil tengo el delicioso recuerdo de salir de clases en una tarde bochornosa y estar hablando con mi amigo Moisés Rodríguez, jurándonos publicar una enorme antología de chistes, “cuando fuéramos grandes”.

Lo emocionante es que quince años después, Moisés y yo, junto a otro gran amigo, Aramís Quintero, fundábamos la Compañía La Seña del Humor de Matanzas, la cual iba a ser un referente en el humor cubano. Casi fue una premonición la de aquellos dos adolescentes, porque jamás nos imaginamos que “de grandes” seríamos profesionales del humor.

A fines de los años sesenta, con mis amigos y compañeros de estudios realzamos la broma sana como instrumento de diversión. Nos pasábamos el día buscando víctimas para nuestras inocentonas y pacíficas tomaduras de pelo. ¿Menciono algunas? Bueno. Nos dirigíamos a alguien con mucha seriedad, diciéndoles frases sin sentido, pero que dichas rápidamente y con la entonación indicada, podían pasar por reales y convincentes, aunque nadie las entendía. Por ejemplo, “¿Tú no lo cogiste cuando suba luego ahora, después de almuerzo, los tres que estaban allí?” Por supuesto, dependía de las reacciones de las víctimas para continuar improvisando. Doy fe de que a veces las cosas se enredaban, porque las víctimas interpretaban lo que querían y discutían con nosotros como si fuera un asunto grave y trascendental. No se me olvida una profesora, la cual me mandó castigado a la Dirección por algo relacionado con el asta de la bandera y “¡por ser uno de los tres que estaban ahí!”.

Otra tomadura de pelo la desarrollábamos mientras esperábamos nuestro turno para jugar pelota vasca, en el frontis que teníamos al fondo de nuestro centro de estudios. Cuando llegábamos al lugar, le preguntábamos a los jugadores cuál era el puntaje del partido en ese instante. Por ejemplo, nos respondían: “6 a 8”, envueltos en un disputado punto. Enseguida le preguntábamos: “¿A cuánto?”. Nos respondían mientras seguían jugando: “6 a 8”. “¿6 a…?”, volvíamos a preguntar. “¡A 8!”, nos contestaban con un grito, concentrados en su juego. “¿8 a 8, dices?”, insistíamos. “¡¡No, 6 a 8!!”, vociferaban sudando y agitados. “¿A favor de quién?” Seguíamos… Y por ahí reiterábamos preguntas tras preguntas hasta que los jugadores explotaban y nosotros y los testigos presentes también estallábamos también, pero de risa.

Mis amigos y yo nos enviciamos en aquella época de adolescencia-juventud con las lecturas de una revista -solamente comercializada en nuestra ciudad-, llamada Pepsina y Colagogo, donde disfrutábamos de textos increíbles, con un humor rupturista, absurdo y adelantado a su época. También con muchos deseos esperábamos al suplemento humorístico DDT, el cual nos refrescaba con el humor gráfico joven, ingenioso e irreverente a veces, de grandes caricaturistas cubanos. Y aunque parezca raro en esta época de Internet, visitábamos la hemeroteca de la Biblioteca de nuestra ciudad para disfrutar de los chistes gráficos de la Revista Bohemia de antes de 1959.

Esas lecturas humorísticas se hicieron tan necesarias, que pasamos de inmediato a leer a clásicos del humor literario. Para lograrlo, con la limitación de la industria editorial en el país, tuvimos que sumergirnos en la Biblioteca Provincial y robar libros de Mark Twain, Álvaro de Laiglesia, Daninos, Oscar Wilde y sobre todo de un autor que me marcó mucho en mi forma de crear después, alguien que me moldeó el sentido del humor: Enrique Jardiel Poncela, según muchos y yo, el mejor humorista español del siglo XX.

Pero continuando con la formación de mi sentido del humor: debo mencionar el humor radial del programa Variedades Radio Progreso, donde actuaban dos comediantes que me encantaban. Y después el programa diario Alegría de sobremesa, actuado también por excepcionales comediantes y con magníficos guiones.

En televisión, recuerdo los programas Cachucha y Ramón, Detrás de la fachada y San Nicolás del Peladero, espacios actuados por casi los mismo brillantes comediantes del programa radial mencionado anteriormente. En fin, un estupendo entorno para un humorista en formación, aún sin saberlo.

Según los catedráticos Rebeca Puche Navarro y Hernán Lozano Hormaza, en un estudio empírico del Centro de Investigación en Psicología, Cognición y Cultura de la Universidad del Valle en Colombia, los niños que despliegan un sentido humorístico y que dan cuenta de una mejor producción humorística dentro de su repertorio, son definitivamente mucho más populares y tienen más éxito social (encuentran más amistades y lo hacen más rápidamente).

Muchos autores postulan que las expresiones humorísticas pueden servir al propósito social de crear un sentido de comunidad y de aproximación entre personas, o contribuir a fortalecer el tejido social.

Yo fui -sin lugar a dudas-, un ejemplo perfecto de lo contrario del resultado del estudio que acabo de mencionar. Durante mi niñez y hasta los trece años, era un niño con gran sentido del humor, pero tímido, introvertido y por ende muy poco sociable.

Sin embargo, en cierto momento de la Enseñanza Media me di cuenta de mi débil posición social y comencé a abandonar la imagen de asmático, de nerd (“Abelardito” se decía en Cuba, “Mateo” en Chile) de niño “bien” y lo primero que hice fue hacerme el simpático, aprovechando el repertorio de lecturas y mi facilidad de producir “gracias”, un arte nuevo para mí, el cual fui descubriendo de a poco.

Y llegué a destacarme como “payasito” en mi curso, en mi vecindad, entre mis amigos y sobre todo, entre las chicas. Desde esa etapa hasta en la universitaria me destaqué como “florón”, “centro de mesa”, o como se le diga a la persona que se erige como foco de atracción en un grupo, fiesta o reunión y que hace de cuentachistes, o hace monerías, o “pinta monos”, como también se le llama a la payasería, esa cualidad menospreciada por tantos.

Sin embargo, al pensar ahora mismo en esa época de “payasito” o “bufón” (otro sinónimo de igual fortuna), yo fui feliz. Siempre estaba contento y le traspasaba alegría a todo el mundo. Por tanto, no me arrepiento. Al contrario, hasta me sirvió aquello para mi futura profesión de comediante.

Después descubrí las obras de los cubanos Miguel de Marcos, Zumbado, Pablo de la Torriente Brau, Secades, etc., más otros grandes escritores universales como Chesterton, Eca de Queirós, Sterne, Swift, Will Cupy.

También fue muy importante: el cine, como las películas de Jacques Tati, Louis de Funés, Pierre Richard y la excepcional “Comedia a la Italiana”, con sus grandes intérpretes Alberto Sordi, Marcelo Mastroianni, Ugo Tognazi, Mónica Vitti, Nino Manfredi, Vittorio Gassman y otros, guiados por brillantes directores como Dino Risi, Etore Scola, Comencini, Monicelli, etcétera.

En resumen, sin dejar de estudiar, jugar, ni de hacer las pocas responsabilidades que tenía a esas edades, con más o menos eficacia se formó mi sentido del humor.

Dentro de esa etapa formativa aprendí lo importante que es, cuando decía un chistes o un comentario gracioso, ver a la gente reír. Y si decía o hacía mi chiste en un momento inoportuno, agradezco que los adultos, sobre todo padres y profesores, no me regañaran y me inhibieran ahí, sino que me llamaran y me explicaran mi error en un aparte. Agradezco que no me castigaran por reír. Agradezco que me consiguieran obras literarias, gráficas y me dejaran ver y escuchar espacios humorísticos. Agradezco que me estimularan mi lado “gracioso”, ofreciéndome escenarios, tanto en clases al montar obras, por ejemplo, como en casa en juegos en familia.

Insisto, no se trata de que por todo aquello yo me convertí en humorista profesional. Ni se trata de que deseo que sus hijos y alumnos se hagan mis colegas. Me refiero a formar un ser humano con un buen sentido del humor para mejorar su calidad de vida, para mejorar su imaginación, su creatividad, su sentido común, elevar su espíritu, etcétera. Porque todo esos beneficios los da el humor cuando se incorpora a nuestras vidas.

Tengo grandes amigos y conocidos, que tuvieron parecidas formación que la mía y no viven del humor. Pero sí viven con humor y son bastante felices en sus vidas.

Y todo gracias a las gracias.

Muchas gracias.

 

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