En una fresca mañana, sobre un césped recién cortado, un grupo de jovencitos tomaban algo del débil sol y conversaban y debatían sobre lo beneficioso o perjudicial del sistema monárquico versus la democracia.
De repente, se pone de pie un estudiante de primer año de medicina y dice “amigos, me debo ir, porque tengo que asistir a una clase de historia del arte”.
Otro estudiante, pero de segundo año de ingeniería, se toma la cabeza e incorporándose, dice: “se me había olvidado. Yo también debo marcharme. No me quiero perder una clase sobre teleología y estudio del ser de Aristóteles”…
Lo anterior puede que haya sucedido en una universidad medieval, en un momento de los siglos XII o XIII en Bolonia, en París o en Oxford. Cuando “Universitas” significaba realmente “totalidad del saber”. Es decir, cuando en las universidades se buscaban formar personas cultas, con visión integral del mundo, capaces de pensar críticamente con bases filosóficas, éticas, científicas y artísticas.
Pero un día comenzaron a involucionar esos altos centros docentes. Sí, y hasta podría enumerar cuatro momentos nítidamente regresivos...