Serie de TV "Doctor Tuga"

cara21_10.jpgPrimer Capítulo: NO ME SIENTO BIEN.

Guión literario.-

Estirándose su bata blanca y acomodando el estetoscopio en su bolsillo, ya que por su escasísimo cuello no podia colgárselo, el Doctor Héctor Tuga entra a su consultorio caminando muy lentamente, se sienta detrás de la mesa de atención al paciente, prende el computador y con sus dedos de piel medio verdosa teclea su código para entrar al sistema.

   Mira a su alrededor, vuelve a revisar la blancura de su bata, suspira satisfecho y con un eterno movimiento aprieta el intercomunicador. (El ritmo debe ser lento como una antigua y aburrida película soviética, o nórdica, como una de Ingmar Bergman).

   -Yésica.

   -¡Sí, mi amor!

   -Te dije que en el trabajo me dijeras Doctor Tuga. Aquí eres mi secretaria, no mi pareja.

   -Verdad que sí. Lo siento, mi amor. Perdón, mi Doctor…

   -¿Qué?

   -Tuga. Doctor Tuga.

   -Bien, llama a mi primer paciente, al señor Otto Angulo.

   -¿Otto Angulo? ¿Cara de…?

   -¡Cuidado! ¡Nada de broma que te pueden oír!

   -No se preocupe, Doctor Tuga. Tengo todo bajo control.

   -Gracias.

   Se escucha entonces la voz de Yésica por los altoparlantes.

   -¡Señor Otto Angulo! ¡Señor Otto Angulo! ¡Diríjase a la consulta del Doctor Tuga con disimulo!

   El Doctor Tuga levanta la cejas al escucharla y reubica de nuevo todos los objetos sobre su escritorio con pausados movimientos.

   Un hombre de unos cuarenta años y de muy baja estatura, empuja la puerta del consultorio y entra.

   -Buenas –lo saluda el Doctor con una media sonrisa-. Como debe saber, esta es una consulta integral, para atenderle el cuerpo y la mente. Así que usted dirá.

   -Ante todo –habla el señor con el dedo índice levantado-, ¡no tengo ninguna Cara de…!

   -¿Cómo? –lo interrumpe el Doctor-. ¿Escuchó lo que hablamos con mi secretaria?

   -¡Supongo que su pareja dejó abierto el microfono, porque todos en el salón de espera oímos su chiste de mal gusto!

   -Perdón, señor Otto. Le prometo que no volverá a suceder-. Siéntese, por favor.

   El cuarentón bajito mueve la silla colocándola de frente al médico y se sienta. No fue de su agrado la posición y se acomoda mejor.

   -Bien –trata de ser bien amabla Tuga, midiendo sus palabras-. Dígame, ¿cómo se siente?

   -Me siento mal, Doctor.

   -¿Le traigo otra silla? –quiso saber el médico mirando hacia la piernas colgadas del hombre.

   -No ésta está bien, la silla no tiene nada, soy yo el que se siente mal.

   -¿Me puede decir cómo se siente con más detalles?

   El pequeño cuarentón comienza a señalar e ilustrar con sus manos cada cosa que dice.

   -Se lo explico. Coloco mis glúteos sobre la silla, doblo los pies por las rodillas y los dejo colgar…

   -No, por favor, no me refería a eso. Vino porque se siente mal, ¿no es cierto?

   -Bueno, en todo caso vine después de escuchar el chiste malo de su pareja-secretaria. Después me senté mal, pero rectifiqué y me acomodé mejor. Así que ya estoy bien sentado, le dije. ¿Por qué tanta insistencia con eso, Doctor?

   -Mire, cuando usted quiera me dice qué se siente.

   -Pues se siente uno mal, le diré con franqueza. Porque es inaudito que a usted sólo le preocupe cómo me siento en su silla. Dígame una cosa, ¿invirtió usted en construir una línea de siila así para dedicarse a comercializarlas?

   -Señor…

   -No, porque si es eso le diré que hizo una buena inversión. La silla es magnífica. Uno se siente bien.

   -Ah, entonces si se siente bien, no tiene por qué estar aquí… ¡Fue ra de mi con sul ta!

 

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