Érase una vez, hace poquísimo años y en un lugar muy cercano, un bufón enviado por el Rey a investigar una oscura y misteriosa muerte, en un Monasterio ubicado a dos leguas del Palacio Real. En él vivían 15 monjes en claustro, 14 de ellos en voto de silencio. Al investigar a través del lenguaje de señas, el bufón se enteró de que el asesinado era el copista de pergaminos en la biblioteca del Monasterio, que había aparecido revolcado en su camastro, sin que se notara ningún síntoma de enfermedad. Ni apareció golpeado, ni envenenado, ni ahorcado, ni apuñalado, ni apedreado. Simplemente muerto.
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