Bolivia: una experiencia deontológica.

cara91_7.jpgLa hipoxia de una sempiterna autoridad muy sobre el nivel del mar.

 

Siempre me ha interesado Bolivia. Comenzando por lo curioso de su nombre, derivado de Bolívar (como Colombia de Colón, Bulgaria de Bulgari, Armenia de Armani, etc.). También por lo notable de estar compuesto por más de cuarenta pueblos originarios distintos. Sin contar la biodiversidad de su geografía y lo fascinante de su cultura en general.

No obstante, lo que me dio impulsó a visitarlo fue enterarme de que su presidente Evo Morales declaró estar buscando una fórmula para postular a las elecciones del 2019, a pesar de que fue derrotado en el referendo constitucional del año pasado, donde quería su tercera reelección. Lo encontré insólito y me propuse entrevistarlo.

Llegué al aeropuerto de la ciudad de El Alto (4,150 metros de altura). Bajamos 500 metros y ya estábamos en La Paz. ¡La Capital más alta del mundo!

Enseguida me dirigí al Palacio de Gobierno, llamado Palacio Quemado, curiosamente nombrado así porque se quemó en 1875 (algo que no es de extrañar al ser un hecho repetido en La Historia. Por ejemplo, en Granada a uno se le llamó Palacio de la Alhambra porque se alhambró en acciones defensivas; en Londres a uno se le llamó Palacio de Buckingham porque se buckinghamó, con los enredos de la monarquía, etc.). En la sede del Gobierno me dijeron que Evo no estaba, así que aproveché para conocer este precioso país.

Fui directo al lago Titicaca. ¡El lago navegable más alto del mundo!

Allí me sucedió una cosa muy singular. Y digo singular porque me sucedió una sola vez. Es un fenómeno que se llama “caerse al cielo”. Uno se acuesta bocarriba en el césped y mira fijamente las nubes (que las tienes muy cerquita por la altura) y de repente te da la impresión de que “te caes hacia arriba”. Incluso, instintivamente uno se agarra de las yerbitas del pasto para sostenerse. Es algo increíble. Con eso y la coca que se da tanto en este país, te puedes “volar” todo el día si lo deseas.

Regresé a La Paz e insistí en mi entrevista. Tampoco estaba el hombre. Pensé que era porque andaba en Cuba. Dicen que se está tratando medicamente allá. Me dijeron que al repetir en sus discursos hasta el cansancio que Chile debe darle una salida al mar, ahora padece de una marformación congénita en la garganta.

Bueno, el caso es que al no tener nada qué hacer, revisé algunos de sus discursos en la Hemeroteca Nacional y encontré frases como estas: "Cuando voy a los pueblos, quedan todas las mujeres embarazadas y en sus barrigas dice Evo cumple"; "El pollo que comemos está cargado de hormonas femeninas. Por eso, cuando los hombres comen esos pollos, tienen desviaciones en su ser como hombres"; “Casi todas las mujeres son inferiores a los hombres”; "En países como Puerto Rico y Cuba los indígenas prefirieron autosuicidarse antes que ser esclavos de los españoles" y “Nuestros antepasados lucharon contra el imperio romano”. No cito más, pero confieso que eran muchos más disparates por el estilo. Pensé que alguien que dijera esas cosas era un ignorante, pero no es así. No puede serlo cuando ese señor ha sido nombrado diez veces Doctor Honoris Causa por universidades de todo el planeta.

En esos días, por la gran altura sobre el nivel del mar, padecí de soroche, apunamiento, puna, mal de montaña, mal de páramo o mal de altura, como se le conoce indistintamente al malestar físico por la falta de oxígeno en el organismo. Es peligroso ese mal. No obstante, antes de irme de Bolivia visité el recién inaugurado Museo de la Revolución Democrática y Cultural en la localidad de Orinoca, a 400 kms. de La Paz, poblado donde casi no hay agua potable ni alcantarillado, y atónito vi que más bien era un museo en honor a Evo Morales. Sin dudas debería llamarse “Ego Morales”. ¡Costó más de siete millones de dólares! Se hizo por principios Morales, claro, pero no éticos.

En serio, el “mal de altura” es peligrosísimo.

 

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