Breve diccionario del humor

Este Diccionario no sólo es breve por el espacio dedicado al significado de cada término, sino también porque es imposible que estén presentes en esta selección todos los humoristas del mundo. La vida no le hubiera alcanzado a Pelayo para eso. Serían necesarios varios volúmenes para abarcar todos los personajes posibles, pero sin lugar a dudas es una obra descomunal y ambiciosa, y que obviamente es un trabajo abierto al enriquecimiento constante. Breve Diccionario del Humor es de utilidad para estudiosos e investigadores del tema, profesionales, críticos, periodistas y estudiantes.
“Este no es el diccionario de una institución –explica Pelayo- que financia y acoge a un gran equipo de especialistas. Es el trabajo de una sola persona que simultáneamente hace otras labores: publica libros, hace campaña de motivación lectora a través del humor en las escuelas chilenas, crea fotomontajes humorísticos, estudia la teoría, etc., sin contar la vida familiar y social. No es una justificación, pero lo explico para que se entienda el por qué pueden existir ausencias de ciertos humoristas conocidos que se me escaparon injustamente (les pido perdón). Sin contar otro gran grupo de ellos que no los seleccioné, porque entendí que no debían estar por su relativa calidad. Ya sé que es una decisión con una base muy subjetiva, pero es mi proyecto personal. Y por último, en las próximas reimpresiones (soy optimista) puedo ir incorporando esas figuras con mérito para estar en mi diccionario”.
El humor, destructor de estereotipos, ejercitador de la mente, capaz de señalar sorpresivamente las incongruencias, explorar las desviaciones, con un ángulo de visión abigarrado y proteico, con su carácter de inventiva y su imperiosa necesidad, sufre hoy, aunque parezca increíble, nuevos castigos, y muchos de sus representantes son represaliados y despedidos de su trabajo, en el mejor de los casos. También en eso pensamos cuando leemos Breve Diccionario del Humor, de Pepe Pelayo.
Ahora que la censura, el dogmatismo, la intolerancia, el criterio único, la adoración ciega y lo “políticamente correcto” tratan de imponerse contra el humor, la sátira y la libertad de expresión, este libro se convierte en un arma poderosa que demuestra cómo, en todos los tiempos y sociedades, la creación humorística, como categoría estética movilizadora, no puede tener bozal porque deja de ser esa herramienta de alerta que precisa la sociedad.
Pelayo nos explica cuál fue el origen de este proyecto, que venía avalado por quince años de investigación y estudio, cuando comenzó a recopilar términos relacionados con el humor y la risa, y que al principio no tenía mucha idea de para qué hacía todo eso. Sabía que hacer un diccionario sería muy difícil, y entonces creó en el 2013, con la ayuda de su hijo Alex, un sitio de consulta para todos los interesados en el humor. Y ahí se concretó el diccionario que ya venía recopilando, también con el Salón de Humor de la Fama, donde cabían los humoristas que ya poseía, más muchísimos datos sacados de sus archivos personales, con los que inauguraron la página humorsapiens.com
“Entre mis grandes ídolos –dice Pelayo- de adolescencia y juventud estaba Enrique Jardiel Poncela, humorista literario, escénico y audiovisual español, fallecido en 1952, el mismo año en que nací. Mi sentido del humor le debe mucho a su obra. Pues hace cinco años, más o menos, recibí un correo de un señor diciéndome que creía que éramos "gemelos en el humor". Era el nieto de mi ídolo, el señor Enrique Gallud Jardiel. Una maravilla de ¿coincidencia?”
“Nos hicimos amigos enseguida –continúa- y decidimos escribir un libro entre los dos. Se publicó en el 2015 y se llamó "La ridícula historia universal". Después, la Editorial española Verbum le pide a él y a Esmeralda Carroza García hacer una "Antología de la poesía humorística española" y Gallud Jardiel me pide un poema, porque cree que yo debía estar presente y le envié uno escrito por mi amigo Rubén Aguiar y por mí. Lo aprobaron. Tiempo después, la misma Editorial le solicita hacer un diccionario del humor, pero él decide no hacerlo por el enorme trabajo que tiene y les sugiere que yo debería realizarlo, porque sabía que yo llevaba tiempo trabajando en un proyecto similar y la Editorial aceptó”.
“Lo más difícil –manifiesta Pelayo- han sido dos cosas: una, conseguir las biografías de humoristas de países con poco acceso a información en Internet y dos, tomar la decisión de si un humorista, por la calidad de su trabajo podría estar o no en el diccionario”.
En el prólogo, Gallud Jardial subraya que "El presente libro es una obra magnífica. Su autor, Pepe Pelayo, es un adalid de lo cómico desde hace muchos años y ha peleado en muchos frentes diversos… Es una obra altamente satisfactoria que merecerá la aprobación y el agradecimiento del lector culto".
Luis Rafael Hernández Quiñones, director de la Editorial Verbum, expresa que “este libro fue encargado por nosotros al autor. Tenemos una colección de diccionarios raros, en la que pensamos que encajaría muy bien, pues es un libro original que podía atraer a los lectores. Es una temática de interés y el autor, un especialista que podía abordar el trabajo de forma seria”.
La Editorial ha publicado con el mismo prisma varias historias, entre las que destacan: "Filosofía para reír", "Historia cómica de España" e "Historia cómica de la música", todos de Enrique Gallud Jardiel.
Ojalá que Pelayo pueda abordar en un futuro un diccionario que contemple ampliamente a los caricaturistas hispanoamericanos, aunque en este ejemplar aparecen una cantidad de ellos. @mundiario
Reseña realizada por el abogado, escritor, articulista y humorista literario, el mexicano Ricardo Guzmán en su podcast, el 21 de marzo, 2026 y publicada en Humor Sapiens (para escucharla entre aquí).
El notable estudioso del humor Pepe Pelayo, autor de muchos libros sobre y acerca del humor escribe este diccionario en donde la intención es, como lo indica el nombre, que sólo se encuentren personas o conceptos relacionados con el humor. En el prólogo escrito por Enrique Gallud se menciona la importancia que tiene el humor desde Platón hasta filósofos contemporáneos como Nietzsche o Descartes, con el dato real de que es un fenómeno poco comprendido. Quienes escribimos acerca del humor solemos decantar entre lo estrictamente cronológico, tal cual sucede en este diccionario, o el análisis que necesariamente debe ser incompleto por tratarse de un fenómeno profundo sobre la naturaleza humana.
Si hay algún misterio en la obra de ese Dios que debe tener un humor muy negro, es el de los mecanismos mentales que llevan a una persona a reírse de lo más sagrado o de la desgracia ajena con la misma energía que lo hace con material extraído del humorismo más simplón o de los conceptos intelectuales torcidos intencionalmente para que sean graciosos. Incluso llama al humor que se pretenda lograr un estudio completo sobre las causas del humorismo, pues éste varía por edad, época, sexo, condición social, condición política, condición económica, estudios, información, estado físico, estado mental, estado emocional, religión y otras variantes adicionales, por decir lo menos. El simpático prologuista sugiere que debe hacerse un estudio riguroso para entender el humor. La mera propuesta de que sea inagotable el tema en sí mismo muestra la importancia del humor. No sólo es un reto intelectual para cualquier indagador, también es una obra que no se acaba. La nueva expresión digital de los memes arroja retos conceptuales impensables hace apenas unas décadas, por ejemplo. Solo en la mente del prologuista puede afirmarse que la noción de lo cómico sea inferior. En tiempos actuales donde un tronar de dedos caprichoso puede hacer que bombardeen ciudades o que saquen a pasear forzosamente al dictador petrolero en turno, muestra que la sorpresa puede llevar a la risa incluso ante la muerte ajena, en condiciones que uno estimaría superadas hace algunos años.
Ciertamente, como dice el prologuista, los hombres se dividen en 2, y yo agregaría la categoría de los que quieren instruirse para reírse mejor y los que simplemente piensan que el ser humano es intrínsecamente divertido y que siempre estará al alcance la posibilidad de una carcajada a costa del vecino; como quien dice, lo mismo que el propietario de un vehículo automotor: o eres usuario o eres mecánico de tu propio peculio. Cierto que el humor es una expresión libertaria, pero ese argumento también serviría para legalizar las drogas duras y el asunto no va por ahí. Quizás para dejar de rebatir al prologuista, con quien estaremos de acuerdo en que la obra de Pepe Pelayo es magnífica y que sin duda es un “adalid de lo cómico”, debo pasar a hablar mal de él en lugar de convencerlos de que yo hubiera mejor prólogo. Un problema que graciosamente elude el presentador del libro es que suponer que Pelayo le ha dado importancia a ciertos autores es una invitación con pistola en la espalda para ponerse a buscar la obra de esos creadores; con lo cual se puede decir que el diccionario escrito por Pelayo es más una carga que una alegría porque habrá autores fáciles de conseguir, especialmente los cinematográficos, o actores cuyas películas aparecen a la primera búsqueda, pero otros ni siquiera surgen en las precarias posibilidades de mi computadora. A lo mejor debería cambiar de computadora, antes de suponer que debería cambiar de libro referencial, pero si Pepe lo ha puesto en su diccionario por algo ha de ser. Por lo menos, para molestar al lector y confrontarlo con la evidencia de que se sentirá muy lector o muy crítico de cine, pero que en realidad ni siquiera ha empezado el largo camino de lo cómico y sus intérpretes o sus replicadores. Peor aún, incluye formatos literarios como el Limerick, que como todo el mundo sabe es un poema humorístico con una métrica específica, según algunos irlandés y según otros británico, cuya aparición data del siglo XVIII y que se hizo popular en el siglo XIX; por culpa de Pelayo tendré que aceptar que aún quienes nos sentimos multifacéticos lingüistas tendremos que recurrir a un especialista que nos enseñe a desglosar tales métricas, sus variantes lingüísticas y el contexto de donde sale esa broma, pues regularmente a los lectores de otras latitudes nos falta información para saber si estamos ante una genialidad humorística o ante un gracejo que nos hará reclamar a Pelayo haber incluido tal palabra en su diccionario.
La lectura detallada servirá para allegarse de herramientas necesarias para el insulto cotidiano; por ejemplo, entre abogados se usa “libelo” como sinónimo de documento, pero quien lea a Pelayo se enterará que por libelo debe entenderse un escrito satírico donde se agravia a una persona pero que puede adoptar la apariencia de un estudio serio. Hoy en México, dónde algunos ministros electos apenas alcanzan a leer los papeles que le pasan sus desvergonzados ayudantes, incapaces de ponerles formatos que faciliten la lectura al analfabeta funcional, decirle que sus proyectos son unos libelos debería ser tomado como que son ofensivos y que además agravian a quien los denomina de tal forma; pero ante la certeza de que esos jueces políticos no conocen los diccionarios, solo nos queda la broma a costa de Pelayo y del valioso tiempo invertido excelentemente en leer su diccionario.
Entre las muchas virtudes de Pelayo está lograr un resumen prodigioso donde otras personas han entregado la vida para tratar de exponer, ya no explicar, algunos lugares propicios para el humor. Por ejemplo, al describir qué es un cabaret, Pelayo se limita a decir que es un lugar de esparcimiento donde se bebe, se baila y se disfruta de un espectáculo de variedades. Habría que recordarle que en el México de los 70 se logró el segundo filón cinematográfico de la segunda mitad del siglo 20 con el llamado cine de cabareteras o de ficheras, donde exuberantes féminas, la mayoría con la virtud de no haber sido parientas de Frankenstein por haber sido armadas en el quirófano, robaban los sueños de los espectadores masculinos de todas las edades que lograban ingresar a las salas cinematográficas, al mostrarse casi como Dios las trajo al mundo; es decir, con tremendos zapatos entaconados y algunos elementos plumíferos en la parte superior del cráneo (nada que ver con la placenta de turbante o con el famoso cordón umbilical con formato de corbata), y nada más. Y ni se diga que los recién nacidos suelen tener piernas y glúteos sobradamente rellenos, especialmente después de 4 palmadas violentas dadas por el partero para que inhalen y echen a andar la maquinaria respiratoria. Así, esas cabareteras, a veces por un pudor mal entendido, se colocaban una estampilla postal en salva sea la parte, con el peculiar efecto de que más de uno acudiera a las oficinas de correos en busca de tales elementos femeninos. Con lo cual se puede decir que hubiera sido una buena idea por parte de Pelayo regionalizar los conceptos que con un tremendo ejercicio de síntesis expone a lo largo de su libro. Si en el rubro “comedia de magia” hubiera agregado algún concepto político, legislativo o mercadológico nadie hubiera estado en desacuerdo. Lo mismo sucede con el género “comedia de santos” pues esto llama a la confusión en México, donde el luchador más famoso del cine mexicano era el santo y a estas alturas la mayoría de sus películas funcionan a la perfección como producciones explosivas del divertimento, dejando muy atrás el concepto heroico del enmascarado que lo mismo viajaba en el tiempo, que se agarraba a cachetazos con seres extraterrestres, con mujeres vampiro igual de destapadas que las cabareteras, o con monstruos sacados de las películas B del cine norteamericano. Entre los mejores ejemplos de este personal tributo al autor diccionarista está el de destacar cómo logró reducir la novela picaresca a: una modalidad narrativa española del siglo de oro que inicia con el Lazarillo de Tormes, para rematar su cápsula diciendo que el pícaro se burla del afán de gloria y fama de sus contemporáneos, encarna al antihéroe, y su talante es esencialmente satírico. Hágame nomás el recanijo favor, paciente escucha. Para quienes establecemos la superioridad regionalista del Periquillo sarniento, sobre el altamente publicitado Quijote de la mancha, argumentando que no sólo es una novela pícara si no un verdadero tratado de expresiones populares, de costumbrismo mexicano, de sociología sacra, de costumbres matrimoniales y, sobre todo, una biblia para los jugadores de naipe; establecer que la picaresca se pueda pildorizar con tan buen resultado podría ser tomado como un acto de envidia y puede que no tuvieran error al respecto. Para más inri, al lado de la cita de autores que sólo los conocen en su casa y a quienes espero Pelayo les hubiera vendido unos 1000 ejemplares de su diccionario para que hubiera pruebas de nacimiento como si fuera un acta de registro civil, hay expresiones que sólo apuntan a que el buen Pelayo se nos está riendo en la cara. Por ejemplo en la letra “Ñ” dice que ñaque es naque, lo cual debe ser un chiste que le contaba a su descendencia, o una respuesta que nos sugiere a los contribuyentes ante los reclamos hacendarios, o quizás un insulto propicio para los suegros u otros parientes de dudosa cercanía. En todo caso, habrá que exigir una aclaración satisfactoria para tan peculiar vocablo inserto más a fuerzas que de ganas justificables.
Quizás el único faltante reprochable a Pelayo sea la ausencia de autores con alguna obra cercana al humor aunque el resto de su producción fuera de una seriedad casi freudiana. Me gustaría ser incluido en esa adenda el día que Pelayo tenga bien colocar mi rostro encima del de cantinflas que adorna la portada, al lado de figuras majestuosas como Groucho Marx, Mark Twain y otras que no mencionaré para no fallar en el intento.
En fin, un libro que sólo por haberlo encontrado en una tienda de libros de repechaje he logrado conseguir y al cual recurriré cuando logre tener afiliados políticos a los cual les pondré como un reto intelectual para que me busquen y documenten todas las obras de los autores ahí reseñados. Una delicia que le recomendaré no sólo a mi peor enemigo, también a todos esos lingüistas que se las dan de conocedores de la lengua española o de las expresiones lingüísticas. Un libro infinitamente más interesante que cualquier decálogo político, declaración presidencial o estudio de la complejidad humana en su fenomenología de la risa. Y al que no le guste mi comentario pues ñaque.

