Conocemos ciudadanos españoles tristemente célebres, como algunos descubridores del Nuevo Mundo, cuya esencia era la colonia. También los encontramos militando en la Inquisición, salvando-quemando brujas y herejes, o siendo reyes como el Rey Felón con su historial de traiciones, deslealtades, perfidia y maldad, o el Rey Cazador, implacable enemigo de elefantes. Sin contar los responsables de su famosa Guerra Civil, de la Eta y de la corrupción de los políticos actuales.
Pero España es como cualquier otra nación, que alimenta ciudadanos buenos, malos y regulares. Y contrapesando las oscuras y negativas personalidades ya mencionadas, tenemos seres humanos nobles, admirables y destacadísimos en todos los campos. Vemos brillar a deportistas, científicos, artistas, etc.
(Y ya me acerco al objetivo final de esta introducción).
Como cualquier otra nación, España también comete injusticias con sus relevantes personalidades.
Por ejemplo, conozco un excelente y notable creador -además de ser un sobresaliente y extraordinario estudioso e investigador-, que debía estar ya distinguido con varios premios, incluyendo el premio Cervantes y/o el de Princesa de Asturias.
Y esto lo afirmo totalmente en serio.
Se trata del señor Enrique Gallud Jardiel.