Cuaderno de un humorista No. 1 | "Empezar de cero"
Cuaderno de un humorista
Llevo más de cincuenta años haciendo humor. En ese tiempo he aprendido algunas cosas, me he equivocado en muchas otras y sigo haciéndome preguntas. Este no es un curso de humor ni unas memorias. Es, simplemente, el cuaderno donde anoto recuerdos, dudas, descubrimientos y pequeñas historias que, de algún modo, explican cómo el humor terminó enseñándome mucho sobre los demás... y también sobre mí mismo.
Empezar de cero
Durante mucho tiempo pensé que mi vida profesional había sido una sucesión de cambios. Hoy sospecho que no fueron simples cambios. Fueron comienzos. Y, curiosamente, todos me dieron el mismo miedo.
Primero renuncié a estudiar lo que realmente quería. Mi sueño era dedicarme a las Letras y a las Humanidades, pero las circunstancias me llevaron a estudiar Ingeniería Civil. Aquel fue mi primer gran "empezar de nuevo". Aprendí una profesión, pero seguía sintiendo que mi lugar estaba en otra parte.
Años después dejé el trabajo de la ingeniero para dedicarme por completo al humor escénico. Muchos pensaron que era una locura. Quizá tenían razón.
Otra vez empezar desde abajo. Sin prestigio. Sin experiencia. Sin garantías. Con la única ventaja de saber que era ahí donde quería estar. Y cuando estaba llegando a cierta estabilización, vino un comienzo mucho más difícil.
Dejé Cuba para empezar otra vez en Chile. Ese sí fue un verdadero salto al vacío. Allí no solo empezaba de nuevo mi carrera. Empezaba de nuevo mi nombre. Nadie sabía quién era. Nadie tenía por qué confiar en mí. Durante un tiempo comprendí que, si era necesario, tendría que ganarme la vida haciendo cualquier cosa antes de volver a vivir del humor.
Es llegar a un país donde tus treinta y nueve años anteriores prácticamente no existen. Nadie sabe quién eres. Nadie conoce tu trabajo. Nadie te espera. Todo lo que hiciste parece haber ocurrido en otro planeta.
Durante un tiempo uno deja de ser "el humorista" para convertirse simplemente en "el inmigrante".
Y esa palabra pesa.
Hay que volver a demostrarlo todo. Incluso cosas que uno ya había demostrado hacía muchos años.
Después llegaron la televisión, el teatro, la radio. Otra vez construir. Otra vez aprender. Otra vez equivocarme.
Y cuando parecía que ya había encontrado un lugar cómodo, hice algo que todavía hoy algunos amigos consideran una locura. Renuncié al cargo de Director de Humor de Televisión Nacional de Chile. No porque me echaran. No porque me fuera mal. Al contrario. Tenía estabilidad, un buen sueldo y un trabajo prestigioso. Pero ya no disfrutaba lo que hacía. Y cuando el humor deja de disfrutarse, al menos para mí, empieza a parecerse demasiado a cualquier otro oficio.
Dos días después pasó por Santiago mi querido amigo Luis Pescetti. Conversamos un buen rato y, casi como quien comenta el tiempo, me dijo:
—¿Y por qué no escribes literatura humorística para niños?
Recuerdo haber pensado que estaba completamente loco. Yo tenía alrededor de cincuenta años. ¿Empezar otra vez? ¿Aprender otro lenguaje? ¿Volver a ser principiante?
Durante unos días la idea me pareció absurda. Después dejó de parecerme absurda y comenzó a darme miedo. Con los años aprendí a desconfiar de una sensación muy concreta. Cuando una decisión importante me produce mucho miedo y mucha ilusión al mismo tiempo, normalmente significa que debo tomarla.
Así ocurrió.
Yo tenía alrededor de cincuenta años. ¿Otra vez empezar? ¿Otra vez convertirme en principiante? ¿Otra vez aprender un oficio desde abajo?
Durante varios días esa idea no me dejó tranquilo. No era miedo a escribir. Era miedo a volver a no saber.
Al final decidí hacer lo único que siempre hago cuando siento que ignoro demasiado un tema: estudiar. Leí decenas de libros infantiles.
Intenté entender cómo funcionaban. Qué ritmo tenían. Qué les interesaba a los niños. Qué los aburría.
Pero tampoco quería escribir "como un adulto que cree saber cómo son los niños". Quería aprender. Volver a ser alumno.}
Y entonces ocurrió algo hermoso. Los primeros maestros dejaron de ser los libros. Fueron los propios niños. Ellos me enseñaron qué los hacía reír. Qué los emocionaba. Qué les sobraba. Qué les faltaba. Qué personajes recordaban meses después.
Y comprendí algo que nunca había imaginado. Yo creía que iba a enseñarles humor. Ellos terminaron enseñándome literatura.
Aunque, por otro lado, empecé a descubrir que no estaba aprendiendo un oficio completamente nuevo. Todo lo que había vivido antes seguía allí.
El actor me ayudaba a escuchar los diálogos.
El dramaturgo entendía el ritmo de las escenas.
El estudioso del humor seguía haciéndose las mismas preguntas de siempre.
El observador de públicos continuaba mirando las reacciones de los demás.
No estaba empezando desde cero.
Simplemente estaba utilizando todo lo aprendido para hablarle a otro lector.
Cuando apareció mi primer libro sentí una alegría difícil de explicar. No por las ventas. Ni por los premios, que llegarían después. Ni siquiera porque mi nombre estuviera impreso en una portada.
Lo verdaderamente emocionante ocurrió cuando empecé a visitar escuelas.
Yo creía que iba a conversar con mis lectores. Resultó exactamente al revés. Ellos empezaron a enseñarme.
Muchos me confesaban que leer les parecía aburrido... excepto cuando el libro los hacía reír.
Aquella frase, repetida por niños distintos en lugares distintos, terminó enseñándome algo que yo no había comprendido del todo: el humor no solo sirve para provocar una sonrisa. También puede abrir una puerta. En este caso, la puerta de la lectura.
Después llegaron las cartas, los dibujos, las preguntas, las dedicatorias para personajes que todavía no existían, las confesiones de niños que comenzaron a leer gracias a alguno de mis libros, los encuentros en ferias, las visitas escolares, los premios, incluso un museo inspirado en una de mis novelas.
Todo eso me emociona profundamente.
A estas alturas sospecho que empezar de cero no consiste en olvidar el camino recorrido.
Consiste en tener el valor de seguir caminando cuando ese camino desaparece.


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