Cuaderno de un humorista No. 2 | "Pruebas de iniciación"

cuatapa_0_1.jpgCuaderno de un humorista

Llevo más de cincuenta años haciendo humor. En ese tiempo he aprendido algunas cosas, me he equivocado en muchas otras y sigo haciéndome preguntas. Este no es un curso de humor ni unas memorias. Es, simplemente, el cuaderno donde anoto recuerdos, dudas, descubrimientos y pequeñas historias que, de algún modo, explican cómo el humor terminó enseñándome mucho sobre los demás... y también sobre mí mismo.

Pruebas de iniciación

Durante muchos años pensé que me había dedicado al humor porque me gustaba hacer reír. Hoy creo que no fue exactamente así. Empecé a hacer humor porque me di cuenta de que era una forma de dejar de ser invisible.

Claro que entonces no lo sabía.

En esa época yo era el alumno ideal. Ideal para los cuadros de honor. Es decir, Sacaba las mejores notas, hacía todas las tareas, atendía en clases y jamás daba problemas disciplinarios. Los profesores debían de estar encantados conmigo. Mis compañeros, no tanto. Y las muchachas, mucho menos. No era exactamente rechazado. Simplemente... era invisible.

A esa edad uno todavía no sabe quién es, pero ya empieza a sispechar quién le gustaría ser. Y, sobre todo, quién no quiere seguir siendo.

A veces pensaba que, para llamar la atención, tendría que convertirme en el alumno indisciplinado. O en el bravucón del curso. O en el deportista estrella. Pero, además de que esos papeles ya tenían dueño, sospechaba que, aunque lo intentara, nunca sabría interpretarlos.

Un día, casi por casualidad, conté un chiste. No recuerdo cuál era. Ni siquiera sé si era bueno.

Lo que sí recuerdo es lo que ocurrió después. Algunos compañeros rieron. Y, durante unos segundos, me miraron de otra manera.

Hoy sé que aquello fue insignificante. Pero en ese momento me pareció un milagro.

Yo sentía que no servía para socializar. A veces intentaba comportarme como los muchachos más populares, pero enseguida me daba cuenta de que estaba actuando un papel que no me pertenecía. Me dolía, porque me encantaba lucirme, que me prestaran atención, que me aceptaran, que me admiraran por algo.

Así que verlos reír fue descubrir, por primera vez, que yo también podía destacar en algo. Sin dudas, fue como tocar el cielo.

Recuerdo incluso mi desconcierto. No sabía si debía mirarlos a los ojos, sonreír, quedarme serio o seguir hablando. Nadie enseña qué hacer cuando, por primera vez, uno ve que puede provocar la risa de los demás.

Eso sí, encontré que la risa tenía una crueldad involuntaria: duraba muy poco. Mientras todos reían yo existía más que nunca. Pero apenas la conversación cambiaba de tema volvía a modo Cenicienta.

Entonces empecé a hacerme una pregunta que, sin saberlo, me acompañaría durante toda la vida: ¿cómo prolongar ese momento?

No solo porque volvía a ser casi invisible, sino porque también se terminaba algo que me fascinaba: observar cómo reían los demás, intentar descubrir qué les había hecho más gracia, en qué instante exacto se habían soltado.

Hasta entonces yo pensaba que el humor consistía en los chistes. Muy pronto entendí que no. El verdadero fenómeno ocurría después del chiste.

Recuerdo las reuniones familiares. Mi padre y un tío eran especialmente graciosos. Contaban un chiste y todos estallaban en carcajadas.

Con el tiempo comprendí algo curioso: muchas veces me divertía más observando cómo reían las personas que escuchando el propio chiste.

Algunos se reían incluso antes de que acabara. Otros seguían riendo cuando el chiste ya había terminado. Y algunos hasta reían sabiendo de antemano cuál era el remate.

Me intrigaba ese fenómeno. Quería entenderlo, aunque todavía no tenía las herramientas para hacerlo.

Sin saberlo, ya estaba estudiando algo mucho más complejo que el humor. Y yo creía que simplemente estaba pasando un buen rato.

Naturalmente intenté repetir aquellos mismos chistes en la escuela. Pero no funcionaban.

Al principio pensé que el problema era mío. Después imaginé que mis compañeros eran demasiado inmaduros para asimilar el humor de los adultos.

Tardé bastante en aceptar una explicación mucho más sencilla: aquellos chistes pertenecían a otra generación.

Entonces empecé a buscar otros. No buscaba "más chistes". Buscaba los que funcionaban con mi gente.

Los encontraba en revistas, en la radio, en la televisión, entre vecinos, entre amigos... donde fuera. Y los probaba.

Hoy diríamos que estaba investigando. Yo solo pensaba que estaba sobreviviendo.

Los recreos se convirtieron en mi laboratorio de público. Contaba un chiste. Observaba. Funcionaba o no funcionaba.

Sin saberlo, estaba aprendiendo una lección que me acompañaría durante toda mi vida: el humor no existe en abstracto. Siempre ocurre entre alguien que propone una sonrisa y alguien dispuesto a aceptarla.

Poco a poco comenzó a cambiar mi lugar dentro del grupo.

Nunca fui el mejor pelotero. Ni el cantante. Ni el muchacho que conquistaba a todas las muchachas. Pero se abrió ante mí otro camino para dejar de ser invisible. Y ese camino pasaba por hacer reír.

Muchos años después comprendí que aquella no fue solamente una iniciación al humor. Fue una iniciación al poder que tiene el humor para transformar las relaciones humanas.

Quizá por eso nunca me interesó demasiado coleccionar chistes.

Lo que realmente terminé intentando comprender durante toda mi vida fue otra cosa: ¿qué sucede entre dos personas en ese instante misterioso en que una consigue hacer sonreír a la otra?

Con los años he leído psicología, filosofía, neurociencia, lingüística y teoría del humor intentando responder esa pregunta. Todavía no tengo una respuesta definitiva. Pero sí sé algo: el muchacho que solo quería dejar de ser invisible nunca imaginó que esa necesidad terminaría convirtiéndose en una profesión. Él creía que estaba aprendiendo a contar chistes. En realidad estaba empezando a estudiar a las personas.

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