Cuaderno de un humorista No. 4 | "Persona y personaje"

cuatapa_0_3.jpgCuaderno de un humorista

Llevo más de cincuenta años haciendo humor. En ese tiempo he aprendido algunas cosas, me he equivocado en muchas otras y sigo haciéndome preguntas. Este no es un curso de humor ni unas memorias. Es, simplemente, el cuaderno donde anoto recuerdos, dudas, descubrimientos y pequeñas historias que, de algún modo, explican cómo el humor terminó enseñándome mucho sobre los demás... y también sobre mí mismo.

Persona y personaje

Hay una pregunta que me han hecho cientos de veces.

     —¿Por qué no te cuentas un chiste?

No importa dónde. Puede ser en una feria del libro, en un aeropuerto, en la calle, en una reunión familiar o mientras estoy haciendo una fila para una gestión en el banco.

La frase cambia un poco.

     —A ver, haznos reír.

     —Di algo gracioso.

     —No me digas que hoy no andas inspirado.

Siempre me ha llamado la atención que casi nadie se lo pediría a un cardiólogo. Nadie le entrega el brazo en plena calle y le dice:

     —Ya que usted es médico, tómeme la presión.

Ni a un arquitecto le piden que dibuje una casa en una servilleta, ni siquiera a un miembro del Ballet Nacional se le dice:

     —¡Échate un pasillito ahí, mi amigo!

Con los humoristas ocurre algo distinto.

Existe la idea de que vivimos permanentemente conectados a una especie de usina de chistes, lista para entrar en funcionamiento apenas alguien aprieta un botón.

Durante mucho tiempo me sentí incómodo cuando eso ocurría.

No sabía cómo negarme sin parecer antipático. Si sonreía y cambiaba de tema, algunos insistían. Si explicaba que no era el momento, otros parecían decepcionados. Como si acabaran de descubrir que los payasos también se resfrían.

Con los años comprendí que, en realidad, esas personas no estaban siendo impertinentes. Simplemente confundían al oficio con la persona. Ellos conocían al humorista.

Yo, en cambio, seguía siendo un ser humano que podía estar preocupado, cansado, distraído o pensando en cualquier otra cosa.

Recuerdo una tarde en que iba apurado a comprar un medicamento para uno de mis hijos.

Un señor me reconoció. Se acercó muy amable, me saludó con entusiasmo y enseguida lanzó la petición de rigor.

       —Cuénteme un chiste.

Cuando le expliqué que iba con prisa porque mi hijo estaba enfermo, noté una expresión extraña en su cara.

Creo que sintió que yo le estaba negando algo que, según él, formaba parte de mi obligación.

Durante unos segundos pensé que quizá saldría de allí convencido de que yo era un humorista amargado.

Y comprendí que tampoco podía culparlo.

Él solo esperaba encontrar al personaje que había visto sobre un escenario o en la televisión.

No tenía por qué imaginar que, fuera de allí, yo también debía pagar cuentas, hacer trámites, tener un ingesta, preocuparme por mis hijos o levantarme de mal humor algunos días.

Curiosamente, esa expectativa también me enseñó algo sobre el humor.

Mientras más consigue uno asociarse con la risa, más difícil resulta convencer a los demás de que la risa no ocupa toda la vida.

El humor es mi oficio. Es también una de mis grandes pasiones. Pero no es mi estado de ánimo permanente.

Ningún violinista pasa el día entero tocando el violín, ni un albañil preparando mezcla. Ningún actor interpreta a su personaje las veinticuatro horas.

Y, aunque a veces el público parezca olvidarlo, los humoristas tampoco vivimos contando chistes desde que nos despertamos hasta que nos acostamos.

Con los años he terminado agradeciendo esas situaciones.

No porque sean cómodas. Sino porque me recuerdan algo que conviene no olvidar.

El mayor elogio que puede recibir un humorista es que la gente espere reír cuando se lo encuentra.

El problema empieza cuando esperan que uno deje de ser persona para convertirse, todo el tiempo, en el personaje que ellos imaginan.

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