Cuaderno de un humorista No. 5 | "El espectador que perdí"
Cuaderno de un humorista
Llevo más de cincuenta años haciendo humor. En ese tiempo he aprendido algunas cosas, me he equivocado en muchas otras y sigo haciéndome preguntas. Este no es un curso de humor ni unas memorias. Es, simplemente, el cuaderno donde anoto recuerdos, dudas, descubrimientos y pequeñas historias que, de algún modo, explican cómo el humor terminó enseñándome mucho sobre los demás... y también sobre mí mismo.
El espectador que perdí
Hay una consecuencia de dedicar demasiados años a estudiar el humor de la que casi nunca se habla.
Uno deja de reír como antes.
No significa que desaparezca el sentido del humor. Al contrario. Sigo disfrutando una buena ocurrencia, una situación absurda o un remate brillante. Lo que cambió fue otra cosa: ya casi nunca consigo entregarme por completo como espectador.
Mientras el público se deja sorprender, yo estoy intentando descubrir cómo está construido el mecanismo.
Recuerdo una función de Les Luthiers.
El teatro entero era una fiesta. Las carcajadas llegaban en oleadas. Yo también sonreía, por supuesto. Pero, mientras los demás reían, mi cabeza iba por otro camino. ¿Por qué funcionó ese remate? ¿Fue una regla de tres? ¿Una falsa expectativa? ¿Una asociación inesperada? ¿Cuánto tiempo prepararon ese preámbulo? ¿Por qué eligieron esa palabra y no otra?
Era como si una parte de mí hubiera decidido abandonar la platea para sentarse en la sala de máquinas.
Lo peor es que ese mecanismo funciona solo. Yo no lo llamo. Aparece.
En una de aquellas funciones ocurrió algo que todavía me avergüenza recordar.
Daniel Rabinovich improvisó una frase y, en medio del número, mencionó mi nombre. El público estalló en carcajadas. Mi esposa me dio un codazo.
—¡Te nombró!
Yo ni siquiera me había enterado. Estaba demasiado ocupado analizando el chiste.
Alcancé apenas a levantar una mano para saludarlo antes de que continuara el espectáculo.
Muchas veces he tenido que volver a ver una obra para disfrutarla de verdad. En la primera función suelo asistir como espectador... y como investigador al mismo tiempo. Solo en la segunda consigo relajarme un poco y dejar que el humor haga su trabajo.
Lo mismo me sucede con el humor gráfico. La gente en una exposición se detiene a mi lado, sonríe o ríe, comenta algo y va hacia la siguiente obra. Mientras yo analizo cómo el autor decidió la composición, la textura, el equilibrio, el ritmo, el color, etc. y si esa decisión era la ideal para ese mensaje. Incluso comienzo a pensar cómo lo hubiera hecho yo y hasta puedo terminar cambiando el contenido y armando ahí mismo una nueva obra.
Algo parecido me ocurre en entrevistas, coloquios o reuniones con colegas.
Mientras alguien desarrolla una idea sobre el humor, descubro que mi cabeza empieza a ordenar argumentos, a comparar teorías, a preguntarse si esa afirmación resiste o no un análisis más profundo. Y, cuando llega el chiste destinado a distender la conversación, muchas veces sigo pensando en la idea anterior.
No siempre fui así.
Recuerdo que, en mis primeros años con La Seña del Humor, vivía mucho más instalado en la espontaneidad. En las entrevistas improvisaba, hacía reír con facilidad y disfrutaba ese juego casi sin darme cuenta de cómo funcionaba.
Con los años ocurrió algo curioso. Cuanto más estudiaba el humor, menos conseguía abandonarme a él.
No voy a fingir que eso me gusta. Echo de menos aquella inocencia.
Pero tampoco sería sincero si negara la satisfacción que siento cuando descubro por qué un determinado recurso funciona o cuando alcanzo a ver la arquitectura invisible de una buena escena humorística.
Es una sensación difícil de explicar. Como si, por un instante, lograra entrar en el taller donde se fabrica la risa.
Quizá por eso me resulta tan difícil apagar ese mecanismo.
A veces la gente interpreta mi concentración como seriedad. Más de una persona me ha preguntado si estoy preocupado, enfermo o de mal humor, precisamente mientras estoy disfrutando un espectáculo humorístico o frente a una obra de humor de cualquier modalidad artística.
Supongo que esperan encontrar a un humorista riéndose todo el tiempo.
No los culpo. Yo mismo probablemente lo habría imaginado antes de dedicarle la vida a este oficio.
Con los años he descubierto que el humor no solo cambia la manera de mirar el mundo. También cambia la manera de escuchar una carcajada.
Y, aunque a veces extraño al espectador que fui, no estoy seguro de querer recuperar del todo aquella inocencia, insisto.
Después de todo, perderla fue el precio de dedicar una vida entera a intentar comprender por qué dos personas, de pronto, empiezan a reír juntas.


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