Cuaderno de un humorista No. 6 | "En compañía de una idea"

cuatapa_0_5.jpgCuaderno de un humorista

Llevo más de cincuenta años haciendo humor. En ese tiempo he aprendido algunas cosas, me he equivocado en muchas otras y sigo haciéndome preguntas. Este no es un curso de humor ni unas memorias. Es, simplemente, el cuaderno donde anoto recuerdos, dudas, descubrimientos y pequeñas historias que, de algún modo, explican cómo el humor terminó enseñándome mucho sobre los demás... y también sobre mí mismo.

En compañía de una idea

Durante muchos años pensé que la mayor soledad de un humorista era la del escenario.

Me equivoqué. La primera vez que actué completamente solo ante un público sentí un miedo difícil de explicar.

En realidad, ya había hecho un monólogo muchos años antes con un personaje al que le tenía mucho cariño. Pero formaba parte de un espectáculo de mi grupo cubano La Seña del Humor. Bastaba mirar discretamente hacia un lateral para saber que mis compañeros estaban allí. No intervenían, pero me sostenían.

La verdadera sensación de estar solo llegó después, en Chile, cuando empecé a actuar en cafés-concert y más tarde con espectáculos unipersonales en distintos países.

Entonces sí. Ya no había nadie detrás. Todo dependía de mí.

Por ejemplo, en Cuba, cuando salía para mis monólogos de entre bambalinas hacia el proscenio, escuchaba murmullos y risitas, cuando no aplausos. Con eso iba detectando el tipo de público, el ambiente y la estrategia de cómo debía enfrentarlos. Ahora, se apagaban las luces y como nadie me conocía, sentía el silencio de la expectación y el trayecto se me hacía larguísimo, y me sobraba demasiado tiempo para pensar. Era realmente casi aterrador ver las caras semiluminadas del público, esperando a ver si movían el dedo pulgar hacia arriba o hacia abajo.

Recuerdo que, apenas un segundo antes de salir, siempre aparecían las mismas preguntas:¿Se reirán? ¿Y si no funciona? ¿Y si me va pésimo? ¿Qué hago entonces?

Una vez bajo las luces, con cientos de personas mirando a alguien que no conocen y esperando divertirse, uno entiende que hacer humor no consiste solo en contar cosas graciosas. También consiste en sostener esa responsabilidad durante toda la función.

A veces me ocurría algo extraño. Era como si saliera momentáneamente de mi cuerpo y me observara desde afuera.

"¿Qué haces ahí?" "¿No te da vergüenza hacer el ridículo?" "¿Era necesario meterte en esto?"

Me sucedió muchas veces.

Después, cuando el espectáculo comenzaba a respirar, todo cambiaba. Uno empieza a reconocer los tiempos. Sabe que en determinado chiste la risa será larga. Que conviene esperar antes de decir la frase siguiente. Que un gesto necesita quedarse unos segundos más sobre el rostro.

El oficio va ocupando el lugar que antes tenían los nervios.

Los miedos no desaparecen del todo. Todavía hoy, antes de salir, siguen apareciendo. Pero duran muy poco.

Supongo que algo parecido les ocurre a quienes dan una conferencia, presentan un recital de piano o salen solos a cantar frente a un público.

Sin embargo, siempre he pensado que el humorista carga con una responsabilidad adicional. Los demás artistas pueden emocionar, conmover o interesar. Nosotros, además, tenemos que conseguir que el público cambie de estado. Que pase de la expectativa a la risa.

Y esa transformación nunca está garantizada.

Siempre había pensado que esa era la verdadera soledad del humorista. La del hombre que sale solo a un escenario. Me equivoqué otra vez. Al pasar el tiempo descubrí una soledad mucho más silenciosa. La que empieza cuando el teatro queda vacío y uno regresa a su casa para inventar aquello que, semanas después, hará reír a otras personas.

Después de descubrir esa otra soledad, comprendí que la del escenario había sido apenas el comienzo. Porque, una vez terminada la función, empezaba otro trabajo.

Y ese trabajo había que hacerlo completamente solo.

Cuando comencé haciendo humor con mi grupo, nunca experimenté esa sensación. Aunque interpretara un monólogo, sabía que los demás estaban allí. Lo mismo ocurría cuando escribíamos los espectáculos. Los guiones nacían del intercambio con mi colega Aramís Quintero. Siempre había alguien con quien discutir una idea, probar un remate o descartar una escena.

La verdadera soledad apareció cuando empecé a escribir para mí. Primero fueron los textos teatrales. Después los guiones para televisión. Más tarde los libros para niños y para adultos.

Y entonces me di cuenta de que esa era una soledad completamente distinta.

Ya no estaba frente a un público esperando la primera risa. Estaba frente a una hoja en blanco. Y esa hoja no se reía. Ni siquiera sonreía.

Ni mostrándole mis más eficaces gestos y expresiones, mis fieles torpezas, ni siquiera mis juegos de palabras. Me hacía sentir muy poco seguro.

Antes de escribir una sola línea, la idea empezaba a acompañarme todo el día. Mientras caminaba. Mientras viajaba. Mientras me duchaba. Mientras veía una película sin verla realmente. Incluso en esos minutos anteriores al sueño, cuando uno ya apagó la luz y cree que dejó de pensar.

Ahí seguía. No importaba cuánta gente hubiera alrededor. Yo estaba solo con esa idea. Y, curiosamente, empecé a descubrir que esa soledad no me pesaba.

Al contrario. Cada vez la necesitaba más.

Hacer cuajar una idea, un supuesto chiste, una solución de diálogo o situación, por ejemplo, me daba un placer que disfrutaba como un niño, como un fanático de fútbol ante un gol y hasta me hacía morisquetas a mí mismo y pasitos de baile.

Esos momentos valían la pena vivirlos, aún sin compartirlos. Punto importante ese, ya que las ganas de llamar a alguien para contarle la idea, el chiste o lo que sea eran enormes.

Después venía la escritura.

Y entonces aparecía otra clase de aislamiento.

Ese momento en que cualquier interrupción molesta, no porque uno esté de mal humor, sino porque cuesta muchísimo volver a entrar en ese mundo que estaba construyendo.

Por eso tantas veces había que decir en casa:

—De tal hora a tal hora, por favor, no me interrumpan.

No era un capricho. Era una necesidad del trabajo.

Y fue entonces cuando empecé a hacerme una pregunta que todavía hoy me parece curiosa.

¿Se han fijado en lo poco que nos reímos cuando estamos completamente solos?

Claro que uno puede reír viendo una buena película o leyendo un libro humorístico. Pero no hablo de eso.

Hablo de estar solo con los propios pensamientos. Con la imaginación. Con los recuerdos.

Ahí, cuando mucho, aparece una sonrisa. Casi nunca una carcajada. Y, sin embargo, es precisamente ahí donde un humorista pasa buena parte de su vida.

Solo.

Intentando inventar algo que hará reír a personas que todavía no conoce.

Eso significa que ni siquiera puede comprobar el efecto de lo que está creando.

No hay público. No hay respuesta. Ni el espejo sirve para eso. Solo queda la intuición. Y la experiencia.

Y confiar en que, semanas o meses después, alguien se ría exactamente donde uno imaginó.

Con los años esa necesidad de trabajar en soledad se extendió a casi todo lo que hacía: escribir, investigar, preparar conferencias, mantener Humor Sapiens, crear humor gráfico... Mi profesión parecía reclamar cada vez más horas de silencio.

Y, sin darme cuenta, empecé a dedicarle menos tiempo a otras cosas. Menos reuniones. Menos compromisos sociales. Menos horas compartidas.

Por suerte, mi familia siempre entendió esa manera de vivir. Y mis amigos también.

Pero eso no significa que uno deje de hacerse preguntas. Más de una vez sentí culpa. Me pregunté si estaba haciendo lo correcto.

Hace unos meses decidí cambiar. Me propuse producir menos. Salir más. Aceptar invitaciones. Ir al teatro. A restaurantes. Al estadio. Visitar amigos. Recibirlos en casa.

Intenté recuperar un equilibrio que sentía haber perdido. Y durante un tiempo lo conseguí.

Pero ocurrió algo que no esperaba.

No era que aquellas reuniones dejaran de gustarme. Seguían gustándome. Lo que ocurría era otra cosa.

La soledad creativa volvía a llamarme.

No porque rechazara la compañía. Sino porque echaba de menos ese silencio donde empiezan las ideas.

El placer de abrir la laptop y teclear. Parar. Mirar por la ventana. Imaginarse lo escrito en un libro, un escenario, o leyéndolo en un podio. Continuar. Parar. Ponerse de pie y dar unos pasitos sin rumbo fijo. Molesto porque no encuentra fluidez, o una gracia específica, o a veces una mísera palabra. Volver urgente al teclado porque encontraste la idea.

Es un mundo con espacio y tiempo solo de uno. Ir de ser dios a ser un mortal dubitativo, con susto y desconfianza de lo que va pariendo. Es una experiencia muy especial.

Ya tengo asumido que esa necesidad no me volvió más solitario. Me volvió más consciente de cómo trabajo.

Hoy disfruto muchísimo una conversación con amigos, una comida familiar o una tarde con mis nietos. Pero también disfruto volver a mi escritorio, cerrar la puerta y quedarme a solas con una idea.

Hace cincuenta años esa soledad me habría parecido un castigo. Hoy es una de las formas que tiene mi felicidad.

Hoy sigo sintiendo los mismos nervios un segundo antes de salir a un escenario.

Y sigo necesitando muchas horas de soledad para escribir una sola página.

Ya no intento elegir entre una y otra. Las dos forman parte del humorista que terminé siendo.

A mis seres queridos: no se preocupen si a veces parezco ausente.

No estoy solo.

Estoy acompañado por la próxima idea.

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