Cuaderno de un humorista No. 8 | "Mis colegas y yo"
Cuaderno de un humorista
Llevo más de cincuenta años haciendo humor. En ese tiempo he aprendido algunas cosas, me he equivocado en muchas otras y sigo haciéndome preguntas. Este no es un curso de humor ni unas memorias. Es, simplemente, el cuaderno donde anoto recuerdos, dudas, descubrimientos y pequeñas historias que, de algún modo, explican cómo el humor terminó enseñándome mucho sobre los demás... y también sobre mí mismo.
Mis colega y yo
Hay una pregunta que me ha acompañado durante toda mi vida profesional. No tiene que ver con escribir mejor. Ni con actuar mejor. Ni siquiera con hacer reír más.
La pregunta es otra: ¿Cómo debe relacionarse un humorista con los demás humoristas? Porque una cosa es admirar una obra. Y otra muy distinta es convivir con quien la hizo.
Un colega no ocupa el mismo lugar que el público. El público puede emocionarse, aburrirse o reír. Un colega, además de todo eso, entiende desde dónde nació un chiste, cuánto costó construir un remate o qué riesgo hubo detrás de una idea. Y yo hago exactamente lo mismo con su trabajo. Por eso nuestras relaciones siempre me parecieron más delicadas que las de cualquier otro oficio. ¿Por qué? Por lo subjetivo del arte, más lo subjetivo del humor.
Con los colegas compartimos camerinos, festivales, jurados, congresos, esperas interminables detrás de un telón. A veces competimos. A veces colaboramos. A veces nos admiramos. A veces no tanto. Quizás por eso aprender a relacionarme con los colegas terminó siendo una parte inesperada de mi oficio.
Con los años descubrí que ese asunto tenía más trampas de las que imaginaba.
La primera aparecía cuando conocía a un colega cuyo humor, sinceramente, no me gustaba.
Confieso que más de una vez me encontré frente a humoristas cuyo trabajo consideraba muy inferior al mío.
¿ Qué hacer entonces? ¿Mostrar distancia? ¿Hacerle notar mi opinión? ¿Tratarlo con condescendencia? Nunca me gustó ninguna de esas opciones. Con el tiempo adopté una regla muy sencilla:
Procuro mirar antes a la persona que al humorista.
Si descubro a un buen ser humano, el resto empieza a importar bastante menos. No significa que cambie de opinión sobre su obra. Significa que intento no convertir un juicio artístico en un juicio sobre la persona.
Me puso a prueba cuando un día me propuso escribir un libro juntos.
Confieso que me quedé helado. Apreciaba muchísimo a la persona, pero no me identificaba con su manera de escribir ni con su humor. Pensé que aceptar podía perjudicarme. Rechazarlo podía costarme una amistad. Durante varios días no supe qué hacer.
Al final decidí confiar más en la persona que en mis temores.
Y comenzamos a trabajar.
Para mi sorpresa, no defendió una sola coma. Me dijo que buscáramos una voz común y que, si era necesario, adoptáramos la mía. Después ocurrió algo todavía más inesperado. Sin necesidad de discutirlo, empezó a acercarse naturalmente al tipo de humor que yo hacía.
Me dio un enorme placer esa experiencia.
Pero existe la situación inversa: conocer a alguien cuya obra uno admira profundamente. Ahí también hay un peligro. El de olvidar que delante de uno hay una persona y empezar a tratarla como si fuera un monumento.
Nunca me gustó la idolatría.
He tenido la suerte de conocer a varios humoristas que marcaron mi vida. Dos de ellos terminaron siendo amigos entrañables. Y estoy convencido de que eso ocurrió porque hice el esfuerzo de no comportarme como un admirador permanente.
La admiración no desapareció. Solo dejó de estorbar.
Después aparece otra prueba. Quizá la más difícil.
¿Qué hacer cuando esos colegas, precisamente los que uno más respeta, elogian nuestro trabajo?
Confieso que por dentro dan ganas de salir corriendo de alegría. Pero por fuera intento hacer otra cosa. Reírme.
Tengo preparadas algunas respuestas humorísticas para esconder el orgullo y, al mismo tiempo, agradecer el gesto. Hasta ahora me han funcionado. Por ejemplo:
—¡Muchas gracias! De verdad significa mucho para mí. Aunque, para ser sincero, lo mismo me dijo mi mujer cuando terminó de dictarme el libro.
—Viniendo de usted, sus palabras son un premio… Solo espero que el autor original nunca reclame.
—Muy, muy agradecido. Me ponen nervioso sus palabras. Pero lo peor viene después: tener que creérmelas.
Pero existe otra situación todavía más incómoda: cuando alguien me llama "Maestro".
Cada vez que ocurre siento que el traje me queda enorme. No porque rechace el cariño. Al contrario. Lo agradezco profundamente. Lo que me incomoda es otra cosa: conozco demasiado bien mis limitaciones como para creerme ese título.
Entonces vuelvo a refugiarme en el humor. Es el mejor lugar que conozco para escapar de la solemnidad.
Muchos años después apareció un problema diferente. Ya no era el humorista. Era el investigador. El entrevistador. El compilador. El que tenía que decidir quién debía aparecer en un libro, una antología o una entrevista.
Y ahí algunos amigos me hicieron una pregunta incómoda.
—¿Cómo puedes incluir a fulano, sabiendo cómo piensa o cómo actúa?
Mi respuesta siempre fue la misma. No estoy premiando a la persona. Estoy intentando ser justo con la obra. Si mezclo mis simpatías personales con mi trabajo, dejo de investigar. Empiezo a seleccionar amigos. Y ese nunca fue el propósito.
Imaginemos que un extraordinario humorista tuvo conductas personales que yo rechazo profundamente. Cuando escribo una historia del humor, ¿debo borrarlo por eso? Si lo hago, dejo de contar la historia. Empiezo a escribir mis preferencias.
O pensemos en un país donde un gobierno decide promover a unos humoristas y silenciar a otros. Años después me corresponde escribir la historia del humor de ese país. ¿Debo eliminar de esa historia a quienes recibieron el apoyo oficial solo porque no comparto las ideas de ese gobierno? Si hiciera tal cosa, terminaría utilizando el mismo criterio que critico: seleccionar por afinidades y no por méritos.
El investigador no está para absolver ni condenar. Está para contar lo que ocurrió con la mayor honestidad posible.
La historia del humor no es un tribunal.
Confieso que más de una vez me dolió incluir a personas con las que no compartía muchas cosas. Pero me dolería todavía más escribir una historia incompleta.
Con los años llegué a una conclusión. No siempre lo consigo. A veces también me equivoco. Pero intento recordar una regla muy sencilla: las personas merecen una oportunidad distinta de la que merece su obra.
Y las obras también.
Quizá porque nunca encontré un humorista perfecto. Ni un ser humano perfecto.
Y sospecho que ambas imperfecciones tienen bastante que ver una con la otra.


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