¿Morir de hilaridad o de hiperseriedad?

arisa.jpgSin dudas, uno imagina que todos los seres humanos valoran por igual la risa y sueñan que, entre tantas formas trágicas que existen para morir, debe ser una bendición despedirse de este mundo con alegría, riendo placenteramente.
Pero no es así.
Miren lo que he encontrado…
Existen personas que sienten miedo a ser ridiculizadas, a que se rían de ellas. A esa condición se le llama catagelofobia. Pero hay más. Mucho más.
Existe también un enorme ejército de personas catalogadas como “agelastas”. ¿Quiénes son? Gente incapaz de disfrutar el humor y la risa. Personas permanentemente graves, hiperserias, desconfiadas ante cualquier manifestación humorística.
Yo conocí ese término leyendo a Milan Kundera en su libro El arte de la novela. Siguiendo esa pista descubrí que “agelasto” fue un neologismo introducido por François Rabelais, tomado del griego, y que significa algo así como “el que no ríe”. Supe además que Rabelais detestaba a los agelastos y, peor aún, les temía. Según algunos estudiosos, llegó incluso a pensar en abandonar la escritura debido a ellos.
Continué rastreando el concepto y terminé llegando a los antiguos griegos. Ellos contaban que quien entraba en la misteriosa cueva de Trofonio, al salir nunca volvía a reír. A esos desdichados les llamaban agelastos.
Y yo me pregunto: ¿con cuántas cuevas de Trofonio contamos hoy en nuestro planeta?

Porque aquellos que no disfrutan ni entienden el placer del humor y la risa son muchos más de los que imaginamos. Y, lo peor, da la impresión de que aumentan.
Pero no son ellos solos los enemigos del humor.
Muchas personas, influyentes o no, inteligentes o no, bien intencionadas o no, también le han hecho un daño incalculable a la risa. A ellos les temo incluso más.
Son los que prefieren morir de hiperseriedad.
Basta dar un rápido paseo por la historia.
Desde la Antigua Grecia encontramos sospechas contra la risa. Platón desconfiaba de ella porque la asociaba con la pérdida de control. Aristóteles, aunque más matizado, relacionaba lo risible con una forma menor de lo feo y advertía sobre los excesos del placer provocado por bromas y diversiones.
Y resulta curioso que casi al mismo tiempo en que aparecen grandes humoristas como Aristófanes, surjan también los primeros puritanos enemigos de la risa. Parece que parte de la humanidad ha vivido siempre empeñada en borrarnos la sonrisa de la boca.
Los pitagóricos, por ejemplo, defendían severos preceptos ascéticos que incluían la desconfianza hacia la risa. Sus maestros eran imaginados como hombres incapaces de reír, y los atenienses los representaban en las comedias con máscaras avinagradas. Merecidamente, claro.
Durante siglos, la risa fue considerada peligrosa: un signo de descontrol, de vulgaridad o incluso de pérdida de la razón.
Mucho tiempo después, Thomas Hobbes y René Descartes también relacionaron la risa con sentimientos de superioridad y desdén. Hobbes escribió en Leviatán que la risa era una “gloria repentina”. Descartes, por su parte, la vinculó a lo ridículo y a ciertas formas del desprecio.
Y ya en el siglo XIX, Charles Baudelaire seguía viendo en la risa un componente casi diabólico.
De ahí hasta nuestros días, los grandes enemigos del humor suelen ser bastante previsibles: dictadores, tiranos, fanáticos religiosos, fanáticos políticos y fanáticos de cualquier tipo. Todos coinciden en algo: el humor y la risa les incomoda.
Rara vez poseen sentido del humor y, si lo tienen, casi nunca toleran que las bromas recaigan sobre ellos.
El fanatismo y la risa nunca han convivido cómodamente.
Tal vez por eso cada vez encontramos más personas incapaces de reír… o peor aún: incapaces de entender por qué otros ríen.
Pero bordemos ahora la otra cara de la moneda.
Todos decimos alguna vez:
“Me morí de la risa”. “Quedé muerto de risa”. “Ese hombre es para morirse de risa”.
Sabemos que son exageraciones, igual que “me partí de la risa” o “me desternillé”.
Aunque, pensándolo bien, quizá no sean exageraciones tan descabelladas.
Cuando alguien ríe intensamente y durante mucho tiempo, el cuerpo entero entra en crisis: aparecen dolores musculares, falta de aire, hiperventilación, desmayos, cefaleas e incluso alteraciones cardíacas.
Y sí, aunque parezca invento literario, existen personas que —supuestamente o no— murieron literalmente de risa.
La historia, o al menos la leyenda, está llena de casos curiosos.
Se dice que el filósofo griego Crisipo murió tras reír descontroladamente al ver a un burro comiendo higos y bebiendo vino. También se cuenta que el pintor Zeuxis falleció riéndose de una de sus propias obras.
Al rey Martín I de Aragón le atribuyen una muerte provocada por un ataque de risa. Lo mismo se dice del escritor Pietro Aretino y del rey birmano Nandabayin.
Existe además una historia que me encanta por simbólica: Thomas Urquhart, primer traductor de Rabelais al inglés, habría muerto de risa al enterarse de la restauración de Carlos II en el trono británico.
Y en Cuba tenemos el célebre caso del poeta Julián del Casal, quien murió súbitamente durante una cena después de escuchar un chiste.
Incluso en tiempos modernos aparecieron noticias similares. Una de las más conocidas ocurrió durante la proyección de la película Un pez llamado Wanda, cuando un espectador, según reportes periodísticos, sufrió un ataque fatal mientras reía.
No resulta extraño entonces que esta insólita forma de morir haya fascinado también a escritores, cineastas y humoristas.
Aparece en novelas, películas, cómics, series de televisión y obras teatrales. Desde Monty Python’s Flying Circus hasta South Park, desde ¿Quién engañó a Roger Rabbit? hasta La guía del autoestopista galáctico.
Y, para no ser menos, yo mismo utilicé ese recurso en uno de mis cuentos y también en el libro en décimas De risa también se muere, publicado junto a mi amigo y colega Rubén Aguiar.
En ese libro aparece un juez extremadamente severo que encarcelaba a todo aquel que se reía. Un día la Muerte le avisó que vendría a buscarlo a determinada hora.
El juez, aterrado, decidió disfrazarse de payaso. Aprendió chistes, ensayó payasadas y, cuando la Parca tocó a la puerta preguntando por el magistrado, logró convencerla de que allí no vivía ningún juez.
La Muerte se marchó.
Y entonces ocurrió esto:

 

En tanto, el juez, asombrado,
atónito y sorprendido,
sintió alegría, conmovido,
confuso y maravillado.
―¡Increíble, me he escapado
de la muerte! ―se decía.
Y notó que se reía.
Al principio, levemente,
más tarde, más... en torrente,
¡aquella risa crecía!

 

Finalmente estalló en una
estruendosa carcajada.
Pero esta era demasiada,
más tremenda que ninguna.
Sin control, inoportuna,
rompió su tripa, insumisa,
le reventó la camisa
y se murió. Rió tan fuerte
de haber burlado a La Muerte
que al final ¡¡murió de risa!!

 

De risa nació esta historia
De risa y de la amargura
De risa clara y oscura
De risa y dolor y gloria
De risa y tanta memoria
De risa para quien quiere
De risa niega y sugiere
De risa se ama y se escribe
De risa por fin se vive
De risa también se muere.

 

Y usted, ¿qué prefiere?
¿Morir de hilaridad… o de hiperseriedad?

 

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