Cuaderno de un humorista No. 3 | "Lo que decidí no hacer"

cuatapa_0_2.jpgCuaderno de un humorista

Llevo más de cincuenta años haciendo humor. En ese tiempo he aprendido algunas cosas, me he equivocado en muchas otras y sigo haciéndome preguntas. Este no es un curso de humor ni unas memorias. Es, simplemente, el cuaderno donde anoto recuerdos, dudas, descubrimientos y pequeñas historias que, de algún modo, explican cómo el humor terminó enseñándome mucho sobre los demás... y también sobre mí mismo.

Lo que decidí no hacer

Durante bastante tiempo creí que un humorista debía ser capaz de hacer cualquier tipo de humor. Cuanto más amplio fuera su registro, mejor profesional sería.

Hoy ya no estoy tan seguro. Más bien sospecho lo contrario: una parte importante del oficio consiste en descubrir qué humor no te pertenece.

No llegué a esa idea leyendo libros ni escuchando conferencias. Llegué mucho antes, cuando todavía no pensaba dedicarme profesionalmente al humor.

En la secundaria había compañeros que se convertían, casi todos los días, en el blanco de las bromas. Bastaba con ser muy flaco, demasiado gordo, usar espejuelos gruesos, tartamudear o ser excesivamente tímido para que comenzara el espectáculo.

Confieso algo que no me enorgullece: muchas veces me reí con los demás.

Alguna vez incluso hice coro para no llamar la atención. En esa edad uno aprende muy pronto que el que no ríe con el grupo corre el riesgo de convertirse en la próxima víctima.

Pero, mientras todos parecían divertirse, yo no podía dejar de mirar al muchacho que recibía las burlas. Me interesaba menos el ingenio del que hacía el chiste que la expresión del que lo soportaba.

No recuerdo haber sacado entonces ninguna conclusión moral. Solo recuerdo una sensación incómoda.

Muchos años después entendí que esa incomodidad nunca me abandonó.

Cuando comenzamos a escribir los espectáculos de La Seña del Humor, a veces aparecía la tentación de parodiar a una persona concreta. Era un camino fácil. Si el personaje era conocido, el público entraba rápidamente en el juego.

Sin embargo, casi siempre terminábamos haciendo otra cosa. Nos interesaba más burlarnos del médico soberbio que de un médico en particular; del burócrata, del fanático, del oportunista o del pedante antes que de una persona con nombre y apellido.

Nunca lo discutimos como un principio ético. Simplemente era el humor que nos nacía.

Con el tiempo me ocurrió algo parecido con el humor político.

Admiro muchísimo a quienes son capaces de convertir la actualidad en humor todos los días. Es un talento que exige rapidez, cultura y un olfato extraordinario.

Yo lo intenté algunas veces. No me salió.

Además, siempre me ocurría algo curioso. Mientras otros colegas encontraban material en la noticia del día, mi cabeza se iba detrás de otra pregunta: ¿seguirá teniendo gracia este chiste dentro de diez años?

Casi nunca podía responder que sí. Y eso me desanimaba.

Con la vulgaridad me pasó algo parecido.

Nunca me escandalizaron las malas palabras. Forman parte de la vida. Tampoco creo que un tema sexual vuelva malo un chiste.

Lo que nunca conseguí disfrutar fue utilizarlos como un atajo.

Quizá porque demasiadas veces vi cómo una palabra gruesa provocaba una carcajada inmediata... y, al mismo tiempo, cerraba otras posibilidades de humor mucho más interesantes.

Durante años pensé que todas esas renuncias eran limitaciones. Hoy las veo de otra manera.

Creo que un estilo empieza a aparecer cuando uno deja de preguntarse qué humor podría hacer y comienza a reconocer cuál es el humor que, sencillamente, no le nace.

No estoy diciendo que ese camino sea mejor. Solo digo que terminó siendo el mío.

Y, curiosamente, descubrir lo que no era capaz de hacer me ayudó mucho más a entenderme que todo aquello que sí aprendí a hacer.

 

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