Cuaderno de un humorista No. 7 | "La línea del horizonte"

cuatapa_0_6.jpgCuaderno de un humorista

Llevo más de cincuenta años haciendo humor. En ese tiempo he aprendido algunas cosas, me he equivocado en muchas otras y sigo haciéndome preguntas. Este no es un curso de humor ni unas memorias. Es, simplemente, el cuaderno donde anoto recuerdos, dudas, descubrimientos y pequeñas historias que, de algún modo, explican cómo el humor terminó enseñándome mucho sobre los demás... y también sobre mí mismo.

La línea del horizonte

Nunca imaginé que algún día me preocuparía el tamaño del escenario.

Cuando debuté con La Seña del Humor en la Sala White de Matanzas, bastante tenía con controlar los nervios. Ver a más de cien personas esperando que las hiciéramos reír ya me parecía una locura.

Yo era ingeniero civil. No había estudiado teatro. Ni actuación. Ni dramaturgia. Ni nada parecido.

¿Qué hacía allí? Esa era mi única preocupación.

Duda legítima de si era un farsante. Porque para estar sobre un escenario había que estudiar, prepararse. Y yo no lo había hecho. Me preocupaba que se me viera como un descarado.

Por otro lado, yo me conocía como el que llegó de La Habana después de estudiar ingeniería. Y trabajaba como cualquier hijo de vecino. Me conocía como el tipo que le gustaba el cine, como el tipo medio centro de mesa, payasito, que jugaba dominó. Me conocía como el que recogía a sus hijos de la escuela, que caminaba por las calles de Matanzas. ¿Pero de actor? Era muy extraño.

En aquella época ni siquiera me pasaba por la cabeza hacerme conocido.

Es más, creo que nunca me hice humorista para eso. Lo hacía porque me divertía.

Porque escribir guiones, inventar personajes o sorprender a mis compañeros era un juego extraordinario. Y, como ocurre con todos los juegos, uno quiere seguir jugando.

Hasta ahí todo era muy inocente. Pero un día descubrí algo.

Mientras más personas disfrutaban con nuestro humor...más ganas tenía de que nos vieran otras.

Ahí apareció un personaje nuevo dentro de mí: el ambicioso. No el vanidoso. No el ególatra. Solo alguien que quería llegar un poco más lejos…

Primero pensé: Si la Sala White se llena... ¿por qué no probar un teatro más grande? Y llegamos al Teatro Sauto.

Después pensé: Si funcionamos en Matanzas... ¿por qué no en La Habana? Y llegó La Habana.

Después la televisión. Después las giras por toda Cuba.

Sin darme cuenta había dejado de ser un humorista conocido solamente en mi ciudad, en mi provincia. Ahora me conocían en todo el país.

Y, sin embargo... el bichito seguía ahí.

Nunca me había considerado una persona ambiciosa. Sin embargo, empecé a descubrir que, cada vez que alcanzaba una meta, enseguida aparecía otra. Y eso comenzó a inquietarme.

Después de llegar a ser un humorista conocido en Cuba, empecé a hacerme preguntas nuevas.

¿Sentía más responsabilidad? Sí. Mucha más.

Aquello ya no era un grupo de jóvenes jugando a hacer humor. Era nuestro trabajo. Vivíamos para eso.

Pero había otra pregunta que me inquietaba más: ¿Era suficiente?

Y, para mi sorpresa, descubrí que la respuesta empezaba a ser "no".

Me sonó la alarma. Me asusté. Pensé que me estaba convirtiendo en un codicioso, porque de ahí a transformarme en un intrigante y calculador había un paso.

Sin embargo, por el otro oído me hablaba un supuesto ángel: “ser ambicioso no necesariamente tiene que ser malo” -me susurró-. “Si no te pones metas exigentes puedes convertirte en un conformista. En un mediocre”.

No lo pensé dos veces. Lo pensé muchas veces. Y terminé aceptando que quería seguir llegando más lejos.

¿Tuve razón? Todavía es una noticia en desarrollo.

Pero en ese momento había un problema. En Cuba ese "más lejos" tenía un límite muy claro.

Habíamos recorrido el país. La televisión nos había abierto muchas puertas. La crítica nos respetaba. El público también.

Y, sin embargo, sentíamos que habíamos llegado al borde del mapa.

Acabábamos de estrenar nuestros espectáculos más elaborados y, por primera vez, tuve una sensación extraña.

No era falta de trabajo. Al contrario. Era la impresión de que ya sabíamos cuál sería el resto del camino: preparar un nuevo espectáculo, estrenarlo, hacer giras, esperar el siguiente... y volver a empezar.

Con la rutina empezaron a aparecer pequeñas señales. Alguna impuntualidad. Cierta desgana en un ensayo. Y hasta momentos en que parecía que nos estábamos divirtiendo menos. Con lo dañino que es esto último en un oficio como el nuestro.

Por suerte, todavía nos quedaba el mejor antídoto que conocíamos. El humor.

Decíamos que habíamos sido víctimas de la ley de las probabilidades.

De tantas épocas posibles, nos había tocado esa.

De tantos países posibles, nos había tocado una isla.

También hablábamos, entre risas, de un supuesto "determinismo geográfico".

Nos reíamos mucho con esos chistes. Quizá porque eran la única manera elegante de hablar de una frustración.

Claro que eran bromas.

Pero, como ocurre con muchos chistes, escondían una pequeña verdad.

Nunca sabríamos hasta dónde habríamos podido llegar si hubiéramos nacido en otro lugar o en otro momento.

Y esa incertidumbre dolía.

No porque creyéramos que ya éramos grandes humoristas.

Sino porque nunca tendríamos la oportunidad de averiguarlo.

Con el tiempo, algunos compañeros fueron aceptando que ese era nuestro techo.

Yo no.

Y tardé años en entender que no era por inconformidad. Ni porque me creyera mejor que nadie. Era simple curiosidad.

Quería saber si mi humor podía hacer reír a personas que no me conocían de absolutamente nada.

No buscaba comprobar que era bueno. Buscaba comprobar si el humor sobrevivía al viaje.

La vida terminó respondiendo esa pregunta de una manera inesperada.

Me fui a vivir a Chile. Y, de pronto, volvía a empezar. Otra cultura. Otras referencias. Otro ritmo. Otro público.

Ya no bastaba con que un chiste hubiera funcionado durante años en Cuba.

Ahora tenía que aprender de nuevo. Y eso, lejos de desanimarme, volvió a entusiasmarme.

Recuerdo que una directora de televisión eliminó un chiste que yo hacía desde Cuba: "A Napoleón los ingleses le cortaron el agua y la lú. Lo que se conoce mundialmente como Waterlú". Según ella, Napoleón no era un personaje suficientemente conocido para buena parte del público chileno. Nunca supe si tenía razón, pero entendí que cambiar de país también significaba volver a aprender el mapa cultural del humor.

Choqué con una realidad. Ni los escenarios son iguales, ni los tiempos, ni las intenciones.

En otra ocasión entregué un guion para un programa de televisión. Durante el ensayo, el actor aseguró delante de todo el equipo que aquello no hacía reír porque estaba lleno de cubanismos. Le pedí que mencionara uno. Respondió, muy seguro: "incorpóreo". Entonces me subí al escenario, interpreté yo mismo el texto y hasta el último asistente de camarógrafo terminó riéndose. Después entendí lo que había pasado: nadie sabía que, además de escribir el guion, yo llevaba años haciendo comedia sobre un escenario.

Sí, no todos los escenarios eran iguales. Pero la risa sí.

Podían cambiar las palabras. Los códigos. Las costumbres. Sin embargo, cuando el humor encontraba el camino, la reacción del público era exactamente la misma.

Y esa fue una de las alegrías más grandes de mi vida profesional.

Después llegaron los libros. Ellos me llevaron mucho más lejos de lo que alguna vez imaginé.

Y, casi sin proponérmelo, descubrí otra forma de viajar. Ya no era yo quien iba a visitar a los lectores. Eran mis historias las que empezaban a hacerlo.

Niños de distintos países se reían con personajes nacidos muchos años antes en mi escritorio.

Aquella fue otra manera de seguir ampliando el viaje.

Chile terminó siendo mucho más que un nuevo lugar para vivir. Fue el punto desde el cual mi carrera empezó a cruzar otras fronteras. Primero con espectáculos para públicos latinos en distintos países. Después con los libros infantiles, que comenzaron a viajar mucho más que yo. Más tarde llegaron los congresos, las investigaciones.

Recuerdo la primera vez que alguien me escribió desde otro continente para decirme que Humor Sapiens le había cambiado la manera de mirar un chiste. Yo lo había escrito solo, de madrugada, sin saber si alguien más que yo lo leería.

Y sin olvidar, por supuesto, el humor gráfico y otras formas de dedicarme al humor.

En mi recorrido comprendí que el horizonte tiene una extraña costumbre. Cada vez que uno cree haber llegado, descubre otro un poco más lejos.

A veces pensaba que aquello era una condena. Hoy creo que fue un regalo.

Gracias a ese horizonte que nunca dejaba de alejarse, seguí estudiando, escribiendo, actuando, investigando y aprendiendo.

Quizá nunca llegué tan lejos como imaginé de joven.  Pero tampoco me quedé donde había empezado.

Y eso, visto desde aquí, no está nada mal.

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