Prólogo escrito por Manolo de la Portilla para mi libro "Cuaderno de un humorista"

tapasolo_1.jpg"El hombre no es otra cosa que lo que él hace de sí mismo". Jean Paul Sartre... Matanzas, Cuba, década de los setenta. Dos muchachones llenos de vida, y con ganas de vivirla; subían a zancadas una calle loma arriba. No se hablaban. No porque no quisieran, sino porque necesitaban el aire para llegar a tiempo a la sala de cine Lincoln.

Allí los esperaba una comedia italiana, y con ella, una mezcla única de placer, de sentir que estaban asistiendo a una experiencia de humor que tendría efectos colaterales inmediatos.

Iban con la convicción de que aquellos actores y directores, maestros del humor, les mostrarían una forma diferente de ver la vida.

Todo a través de la magia del humor. Estaban buscando su propia redefinición.

Mark Twain, escribió, a modo de broma:

Hay solo dos días importantes en la vida: el día que naciste y el día en que te enteraste para qué diablos habías nacido.

Ellos sabían que no era broma, sino una ineludible realidad.

Y allí, se entregaban en cuerpo y alma, a disfrutar cada segundo de cada gesto, de cada palabra, de cada situación, creada por Nino Manfredi en Por gracia recibida o Ugo Tognazzi en La grande bouffe. Sabían que detrás de aquella comedia, aparentemente simple, había un mensaje tan fuerte, que podía diluir la angustia existencial, de la que hablaron Søren Kierkegaard, Jean Paul Sartre y Albert Camus.

Estaban llenos de sueños y de propósitos para realizarse en el humor.

Uno de ellos dos lo logró, al paso del tiempo.

De esta forma comenzó Pepe Pelayo a entender, aún más, el enorme espacio que podía tener el humor en su vida y en la del resto de los seres que lo rodeaban.

Lo sé. Porque ese otro era yo, que bendecido por ese aprendizaje, he tratado de aplicarlo a mi vida personal y al menos, terminé usándolo en mi trabajo de “curador”.

Este libro que Pepe, me ha concedido el privilegio de prologar, es profundamente humano.

Cuaderno de un humorista, es el relato de su historia como ser humano y como creador.

Y enfatizo la diferencia; porque no es lo mismo cargar con nuestro propio mundo interior, que entregar el resultado de ese mundo interior a los demás.

Que el “no quedar bien” contigo mismo es una posibilidad, pero defraudar a los que confiaron en ti, no es una opción.

Jorge Luis Borges, pensaba que “uno puede dar lo que no tiene”. Estoy de acuerdo. Y pienso también que es cuando el hombre se convierte en un verdadero “superhéroe”.

Pelayo lo define en su Cuaderno de un humorista con esta frase: “A estas alturas sospecho que empezar de cero, no consiste en olvidar el camino recorrido. Consiste en tener el valor de seguir caminando, cuando ese camino desaparece”.

Cuando comencé a leer los primeros capítulos, pensé “Aquí viene Pelayo con su Picaresca, su propio Buscón o su Lazarillo de Tormes".

Me preparé para disfrutar sus aventuras y desventuras, pero cuando fueron llegando otros capítulos, entendí su propósito: romperse la piel, con todo el peligro que esto conlleva y mostrar el Pepe Pelayo que ha vivido en secreto detrás del creador. Son las batallas mentales de su monólogo interior expuesto al público, en forma de reflexiones, a lo largo de su camino.

Pepe Pelayo siempre vivió en dos mundos.

El matancerito de la loma de Santa Teresa, el de contar chistes en un banco del parque, ir el domingo al juego de pelota y tomarse una cerveza en la trocha de la esquina.

Y el otro, el que le interesaba visitar un museo, asistir a una charla sobre cine o música, participar en un conversatorio sobre historia del arte o sumergirse por horas en la biblioteca leyendo las novelas de Jardiel Poncela o revisando las antiguas revistas Bohemias para disfrutar las tiras cómicas de El hombre siniestro del caricaturis

ta Antonio Prohías.

Para aquellos que no creen que esto es posible, les extiendo mis condolencias.

Y cuando uno de los dos mundos fue ganando más interés para sus propósitos, ese mundo también se convirtió en dos.

Cuaderno de un humorista no es una autobiografía.

Es el viaje a través de la vida entre dos mundos: el mundo sencillo y el complicado. Uno interior lleno de inquietudes, sueños, fantasías, ganas de ser, de crear, de establecer un reino de su humor, pero también lleno de indecisiones, miedos y dudas.

Y el otro mundo del creador, que conlleva el sentido de la entrega, de la reflexión más allá de los caprichos, de la aceptación de realidades, de la responsabilidad por los otros, del fracaso y el triunfo.

El libro me “enganchó” cuando comencé a leerlo por varias razones.

Primero, no es un libro para hacer humor, como nos tiene acostumbrados.

Es un cuaderno lleno de válidas reflexiones, nada superficiales, que nos hace pensar en nuestra propia vida.

Tal es para mí, “Más ríe el diablo por viejo, que por diablo”. Este capítulo es el encuentro con nuestra propia mortalidad, esa en la que no queremos ni pensar.

Segundo, porque es un anecdotario escrito, con serenidad y honestidad absoluta.

Tercero, por su formato, donde el relato no sigue una línea de tiempo rígida, sino que, como esos filmes donde la narrativa 

se distribuye, no como historia, sino como eventos relacionados. No importa si los hechos fueron antes o después.

Cuarto, porque el relato, esta intrínsecamente ligado a

La Seña del Humor, lo cual es muy lógico.

En mi opinión, el humor cubano siempre estará en deuda con La Seña y los “señeros”.

Ellos le enseñaron a los cubanos que se podían reír, con un humor, que rompía los límites del “provincianismo” e incluso que se podía hacer humor con “Las vacas sagradas de la Historia del Arte”, como cuando crearon un número parodiando la famosa pieza de Beethoven: Für Elise.

Las reflexiones de Pelayo pasan por el ego, el compromiso, la amistad, la lealtad, los sueños, la realidad, la soledad, el egoísmo justificado y el pedante.

Pero hay algo en todo el relato, que me conmovió: el humanismo pragmático.

Las respuestas humanistas, como resolución final ante los conflictos.

El conflicto es humano. La respuesta es humanista, sin dejar de ser pragmática.

El mensaje más inspirador de todo el libro.

Ante un dilema y desde una posición que le otorgaba, pulgar arriba o pulgar abajo, como el César, Pelayo opta por una respuesta, que lo salva del canibalismo: “Procuro mirar antes a la persona que al humorista”.

Hace mucho tiempo aprendí, que ante las crisis, hay que ser indecentemente racional.

Ahora quiero hablar del ser humano, más que del libro.

La vida nos reunió temprano.

Pelayo me arrastraba en su disciplina de “hacer cosas”. Y así como, quien saca un conejo de un sombrero, creamos un Cine-Club por los setenta.

El único sitio que nos acogió fue la biblioteca Ramón Guiteras, justo frente al Parque de la Libertad, testigo de la vida, de aquella joven generación de matanceros.

Allí exhibimos películas, que no eran taquilleras y por ende, no expuestas en salas regulares.

Iba un pequeño grupo, invitábamos a algunos expertos, al final tratábamos de hacer el ejercicio del “cine club”, en una humilde versión matancera.

Nos fascinaba el cine y eran pininos, intentos de reinventar la vida provinciana, porque entonces no podíamos, como canta Serrat en Pueblo Blanco:

…unirnos a un vuelo de palomas

y atravesando lomas,

dejar mi pueblo atrás".

Andábamos siempre buscando algo qué hacer, qué crear en los temas que nos interesaba. Pero a la misma vez vivíamos la vida pueblerina.

Como cualquier hijo de vecino, Pelayo trabajaba, atendía a su familia, compartía con los amigos. Pero el espíritu de El Buscón no lo abandonaba ni un segundo. No un buscón de tretas y trampas, sino exploración, descubrimiento y dedicacion.

A Pepe y a muchos nos quedaba corta esa vida. Pero no todos estaban dispuestos a pagar el precio de “ese vuelo de palomas”, y arriesgarlo todo, enfrentándose a un medio social, donde lo que no estaba prohibido, era obligado.

Pepe Pelayo, se “metió” en su pelea dentro y fuera de Cuba y ahora, en Cuaderno de un humorista nos cuenta la historia, la que vimos y la que no vimos, la de adentro y la de afuera, la del corazón y la del cerebro.

Amigo de muchos, hermano de la vida para otros, Pelayo, sigue siendo el mismo jodedor criollo de su juventud. Pero el matancerito de la loma de Santa Teresa, el amigo incondicional, el del chiste y la conversación inteligente, el tipo simple y sin complicaciones, ha hecho una encomiable y satisfactoria carrera en el universo del humor.

Pelayo tiene hoy día, reconocimiento internacional y es un referente para los practicantes, escritores, estudiosos y curiosos del humor. Pero creo que su tarea más heroica ha sido su capacidad de transitar, de una manera u otra, por las diversas categorías del humor, teorizando en su aspecto intelectual y creando en su aspecto artístico.

Como cualquier otro ser humano que se ha retado así mismo y ha construido su realidad, de acuerdo a sus sueños y su visión sobre las cosas, Pelayo aprendió en el camino. Ahora nos presenta un libro sobre la jornada de “toda una vida”.

Cuaderno de un humorista es un manual, o dicho de mejor manera, una guía para reflexiones, no solo para directores de grupos de teatro o de otra actividad humana cualquiera, sino para todos aquellos, que quieran crear su propia realidad.

Como los versos de Antonio Machado:

Caminante, no hay camino.

Se hace camino al andar.

Pepe Pelayo, anduvo su camino y ahora, simplemente lo escribe. Nos regala esta secuencia de relatos, de preguntas y respuestas. Una especie de “Autocuestionamiento Socrático”,

Terapia Cognitiva, para encontrar razones, más que verdades.

Deteniéndose un momento en su fecunda creación, no tengo dudas que parado en su balcón del apartamento de Santiago de Chile —quizás con otros miedos y otros sueños—, brinde en el aire con una copa de vino, mirando en la distancia hacia un banco del Parque de la Libertad de Matanzas, donde un día, sentado en uno de ellos, en esos momentos entre el ocio y el pensamiento creativo, después de haber disfrutado de una comedia italiana, de una tira cómica de El hombre siniestro o de los libros de Jardiel Poncela, empezó todo.

Manolo de la Portilla

Cambridge, Otoño 2026

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