Sobre el concepto "enjuiciar"
“No me enjuicies”. Traducción simultánea: "júzgame, pero a mi favor".
“No me enjuicies”… La frase suena elevada, casi zen. Pero en la práctica suele significar algo más terrenal: "no me condenes, no me reduzcas a tu versión de mí".
Porque enjuiciar, en la vida cotidiana, es inevitable. Evaluamos todo el tiempo: personas, conductas, decisiones. Y sin decisiones uno termina solo opinando en redes, que es peor. Sin enjuiciar no podríamos elegir ni protegernos. El problema no es el juicio; es lo que hacemos con él.
Todos enjuiciamos. Todo el tiempo. El que te pide que no lo hagas ya te evaluó antes de abrir la boca. Lo que molesta no es el juicio, sino el veredicto adverso, insisto.
Lo sé también por oficio. Como humorista me han explicado —con una seguridad conmovedora— que el humor “de verdad” tiene que embarrarse: criticar, incomodar, ofender. Que si no “mojo el culo”, lo mío es superficial, liviano, casi sospechoso.
Es decir: hay un humor valiente (el que ellos practican o admiran) y otro menor (el mío, casualmente).
No existe otro humor “inteligente” que el de ellos. Ahí el juicio deja de ser herramienta y se vuelve martillo.
El juicio viene listo, sellado y con firma. No necesita escuchar defensa, porque ya trae conclusión. Es un juicio exprés: rápido, contundente… y generalmente mal informado.
Claro, yo también enjuicio. Pienso que detrás de esas afirmaciones hay ignorancia, envidia o simple mala fe. Y en ese mismo instante quedo atrapado en lo que critico. El juego es de ida y vuelta: juzgo al que me juzga por juzgarme. Y lo hago con entusiasmo, además
Entonces, ¿qué hacemos? ¿Dejamos de enjuiciar? Imposible. Pero sí podemos dejar de fingir que no lo hacemos. Y, sobre todo, podríamos intentar hacerlo un poco mejor. Es decir, lo que sí podemos es afinar el instrumento.
No es lo mismo evaluar que sentenciar. No es lo mismo disentir que descalificar. No es lo mismo tener un juicio que creerse dueño de la verdad. No es lo mismo decir “ese humor no me gusta” que decretar “eso no es humor”. Entre una cosa y otra hay un abismo que suele llenarse con prejuicios.
Los prejuicios son esos juicios automáticos que se disfrazan de certezas. Ahí el pensamiento deja de ser herramienta y se convierte en filtro: todo lo que entra ya viene clasificado de antemano.
En resumen, “no me enjuicies” no es un pedido filosófico. Es una súplica práctica: si vas a juzgarme, al menos no lo hagas con esa seguridad insultante de quien nunca se ha equivocado.
Pero claro… eso exigiría un pequeño sacrificio: pensar antes de hablar.
Y eso sí que no es inevitable.


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