En Estados Unidos, solo el 66% de los adultos entre los 18 y los 24 años está convencido de que nuestro planeta es redondo, según un estudio publicado por la revista Forbes.
Poco más de la mitad (54 por ciento) de más de 53.000 personas entrevistadas en todo el mundo dijeron conocer el Holocausto judío cometido por los nazis durante la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), según una encuesta reciente.
Con solo mencionar estos dos datos concretos, ya vemos que cualquier cosa es posible en este mundo. Ya no nos sorprenden las teorías de que el mundo se acaba en tal mes, de las afirmaciones de que la violencia y la revolución es la solución a los problemas sociales, o las fluctuantes “opiniones científicas” de que el huevo es bueno para la salud o malo para la salud, o de que alguien dice que habló con dios y de pronto lo siguen una pila de gente (secta), o de que está vivo un cantante muerto, etc., etc..
Como no salí y terminé una serie en Netflix, y antes de saborear la lectura para dormir, me puse a pensar en un tema espinoso y muy de moda: la migración. Entonces se me ocurrió subir aquí mi breve reflexión, aunque sé que siendo sábado por la noche no la leerá ni los serenos, ni los murciélagos.
Resulta que leí en las redes sociales a un izquierdista afirmando que para la derecha la migración no es un derecho humano, porque no quieren admitir en su país a los pobres, ni siquiera porque se enamoró por Internet de una extranjera, ni porque tiene problemas en la piel y necesita vivir en un país frío, ni porque desea estudiar en el otro país, etc., etc., y por eso la izquierda, decía, defiende la migración como un derecho humano.
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