Aunque las entrevistas a distancia tienen, entre otras, la gran desventaja de que los periodistas perdemos el trozo más grande y sustancial del iceberg —el rostro, el verbo y la esgrima en directo del interlocutor— a veces consuela darnos cuenta de que tal modalidad nos “libra” del duelo físico con alguna de esas figuras un tanto renacentistas que Dios plantó en el mundo para demostrar/nos que, efectivamente, cuando se lo propone, solo cuando se lo propone, el homo sapiens sabe un montón de cosas.